—Señora Fitzgerald, el señor acaba de llamar. Dice que volverá un poco más tarde. Los asuntos en la Bolsa se han complicado. Llegará con el tiempo justo para cambiarse e ir a la opera.

“Los problemas en Wall Street no han hecho más que empezar. Hay que buscar la manera de resguardarse, o la crisis puede tocarnos de lleno. Aunque, por el momento, cariño, no tenemos por qué preocuparnos”, dijo Frank anoche. Malos tiempos, todo el mundo lo dice. ¡Oh, dios! Son las seis y media. Tomaré un sándwich y me vestiré antes de que Frank llegue.”

Alina abrió el nuevo perfume recién comprado en Macy’s. “Recién llegado de París. La última fragancia de Worth, Sans Adieu. Puede probarla. Creo que le gustará. Es diferente, exquisita y suave”, le había recomendado la dependienta de la sección de perfumería. Pero no fue el aroma a melocotón y limón, lo que la convenció; fue el envase lo que la cautivó: un cilindro de cristal verde oscuro, sobre una base de cromo y madera. De nuevo, leyó la firma grabada en la base del frasco: “R. LALIQUE”. Lo sostuvo entre sus dedos con delicadeza y temor como si se tratase de una frágil obra de arte.

“Original. Realmente genial. Sólo un artista puede lograr un diseño tan diferente para un perfumero. Pero no supera a sus joyas, las prefiero, creo... Desde luego la tapadera en forma de cono con esas láminas redondas, unas encima de otras, sin llegar a tocarse. Muy diferente de lo visto.”

Alina había elegido para esa noche un complicado vestido de chiffon color crema, sin apenas escote, que emitía un sonoro fru-fru cuando se movía por la habitación.
“Tal como están las cosas, nada de negros. Mejor un tono alegre y sin estridencias.”

Cuando Frank entró en el apartamento, Alina estaba sentada delante del tocador enfrascada en adivinar los aromas de su nuevo perfume.
“Una fragancia sofisticada, con cierto aire nostálgico, eso había dicho la mujer de Macy’s. Tenía razón, un olor diferente como su frasco."
Colocó un par de gotas en sus muñecas y las olió con calma.
“Sí, algo de jazmín, al principio, y azahar.”
No escuchó la voz lejana de Frank que la saludaba desde la puerta del despacho.
"Gotas de limón, violeta o narciso, tal vez."
Alina sintió el frío cristal del aplicador en el lóbulo de su oreja, una punzada en la piel que le atravesó el corazón. Una gota dulce y primaveral resbalaba por su cuello.
"Y un regusto final a melocotón con toques de sándalo, no sé..., o tal vez algo más amargo no tan dulce, quizás...”

Un estadillo amargo y fugaz resonó en toda la casa. Un hilillo helado recorrió su espalda. Asustada, abrió la puerta del despacho. Frank se había disparado un tiro en la sien.