Pero..., este majadero no va a dejar de largar? ¡Qué voy a saber yo de válvulas, so pelma! Que se lo cuente al jefe. Sí, ya tengo la tarjeta, pesado.

—Sí, Paquita, tengo unos precios increíbles. Mejores precios que la competencia, dónde vamos a parar. Este año arrasamos.

Qué mujer, por dios, con ese jersey ajustadito y ese par de melones. Y que no se dé la vuelta, porque como me enseñe el trasero y la raja de la falda... Si ya no sé lo que le digo. Y cómo huele, qué finura. Cada vez que vengo un perfume diferente. Esta no gana para perfumes. ¡Qué olor!, si parece que le nace del canalillo.

—Y los catálogos? Que me dice.... como puede ver impecables. El mejor papel, y todo muy detallado, todos materiales, las diferentes medidas, todos los precios.

¿Esta mujer que hace con la tarjeta? La acaba de doblar por una esquina. ¡Anda!, y ahora la arruga. Será boba, si aún le voy a tener que dejar otra.

¿Y éste qué mira?. Como no deje de mirarme se lo pregunto: ¿Y tú qué miras, listo? Y se queda tieso, porque estos viajantes mucho rajar y luego na.

Dale con la tarjeta, pero esta mujer está histérica, la ha tomado con la tarjeta. ¿A que la deja pa la rastre? Ya verás. ¡Ay, ahora!, ahora se ha apoyado en el mostrador. ¡Qué mareo, jesús! Si ya no puedo respirar. Pero qué tufo! Esto ya no es perfume, es una peste, esto aplatana

—Me permite una pregunta, Paquita,
—Sí, faltaría más.
—Ese perfume que usa, que huele tan bien, ¿de qué marca es? Es por curiosidad sabe, es la primera vez...
—Es francés. Me lo regaló el jefe. De cuando fue a París. Una reliquia o algo así, me dijo. Se llama Sans Adieu. Aquí no se encuentra. Muy caro.

San adié, san adié, dice ésta en plan finolis como si supiese francés. Anda que te voy a dar rubia salerosa. Si esto huele que se las pela, no hay quien lo aguante. Huele a vieja. Ahora, para colmo, me pica la nariz. Parece que tuviera pimienta, o sabe dios qué. ¡Joder! Qué calvario. Esto no hay quien lo aguante. ¡Anda!, y esta tonta ha acabado con la tarjeta, la ha estrujado por completo, la ha dejado hecha un gurrullo.

—Atchiiiiis, atchisss, atchis...

Lo que faltaba. Ahora, el pringado éste no para de toser y rajar al mismo tiempo.

—Lo siento, Paquita, pero tengo que dejarla. ¡Atchisss! Aún me quedan varias visitas por hacer. Uy, qué catarro éste. Le dejo una tarjeta y los catálogos para su jefe. ¡Aattchiss! Y hale a seguir así...

“Muy caro” le ha dicho el otro jetas a ésta incauta. De dónde habrá sacado esa peste de perfume. De París... Ya me gustaría verlo.