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"Durante miles de años, los hombres han regresado de cacería al final de la jornada y han pasado el atardecer simplemente dedicados a la contemplación del fuego. Un hombre podía permanecer sentado en esa especie de estado de trance durante largo tiempo, acompañado por sus amigos y sin comunicarse con ellos, quienes no le pedían que hablase o participase. Se trata, para el hombre, de una forma muy valiosa de liberar el estrés y de una manera de recargar pilas para las actividades del día siguiente.

El hombre moderno sigue contemplando el fuego al final del día, aunque ahora ello implique otras herramientas como periódicos, libros o mandos a distancia. En una ocasión, visitamos el delta del Okavango, situado al norte del desierto de Kalahari en Botswama, en el sur de África. Vimos, colgada de un mástil sobre una cabaña del poblado, una antena de televisión por satélite activada por energía solar. Entramos y nos encontramos con un grupo de bosquimanos de Kalahari vestidos con taparrabos sentados frente a un televisor y con un mando a distancia que se iban turnando para cambiar los canales."

Por qué los hombre mienten y las mujeres lloran. Allan y Barbara Pease.

Después de todo, parece que seguimos cómo en Atapuerca. Eso sí con tecnología en vez de hoguerita.