La pequeña Donnadieu me ha enviado -gracias linda- el precioso libro "El Balneario del Lérez. La aventura termal de Casimiro Gómez" de Xosé Manuel Pereira, repleto de curiosidades, fotografías y crónicas de provincias. Tan sólo lo he ojeado por los pelos, al primer mechón me topo con este artículo publicado en El Diario de Pontevedra, el 30 de noviembre de 1912:

Lérez arriba
Pero yo, que aunque nacido y criado muy cerca del mar y en pueblo a donde llegan los mares y el agua salada, gusto más que de él, de la montaña y el campo, gocé de las horas más gratas internándome rías de Pontevedra arriba donde deja ya de ser ría para ser río, en las aguas que vienen del mar con la marea. Fué río Lérez arriba.

Un río para soñar en él lejos de la batalla de la vida. A una piedra que hay en su orilla, en un lugar que con el Terlipse de Tesalia, descrito por Herodoto, comparaba aquel copioso benedictino P. Sarmiento, erudito que no dió paz a la mano, a esa piedra bajaba a descansar el buen fraile. Y allí, encima del Lérez, está el monasterio de benedictinos donde el infatigable Feijóo hizo sus estudios. Lugar de descanso; lugar de estudio por lo mismo.

Bajan los arboles hasta las aguas mismas del Lërez para formarle abrigo de verdes cortinas y enverdecer sus aguas. Y el río, enamorado de la verdura, va enroscándose por ella, formando meandros que llaman allí salones, y fingen pequeños lagos, como en recuerdo de los grandes lagos aparentes de las rías bajas.


Un río virginal
Hace suspirar -con suspiro de liberación al espíritu- al verse uno encerrado en un recinto de follaje sobre las aguas límpidas. ¡Aguas límpidas! He aquí algo que vamos perdiendo en mi Vizcaya, que van perdiendo en Asturias. El Nervión, el río de Bilbao, tan hermoso tierra adentro, antes que empiecen las fábricas y antes sobre todo que los petriles lo aprisionen, se ve sucio del rojo de la vena del hierro, y el Nalón, hermoso río asturiano, llega negro de hulla al mar. Pero este Lérez virginal, no manchado aún por las deyecciones de la industria, convida al idilio, al amor, al recogimiento, al estudio.

Fué cerca de él, a su vista, en un repliegue de las colinas, donde una tarde olí subir de la verdura del campo las notas verdes y quejumbrosas de la gaita.

Miguel de Unamuno.
Salamanca, Noviembre 1912.