Pensé que me había librado del rubio-oficial, pero el sábado volvió a sonar.



En diciembre consiguió saturarme, cuando tuvo la osadía de aparecer por casa hora y media antes de nuestra cita. LLegó bastante cocido con talante de besuqueo pastoso y aliento a calimocho, que no soporto. Agobiada lo saqué de casa como pude, y ya tomando unos vinos pude ir marcando distancia y terreno para no darle más cuartel, a una semana vista de habernos conocido. Una semana de llamadas, de ir al cine, de tomar algo, de guapa arriba y abajo. ¡Suena tan falsa esa voz y son tan “bisbal” esos rizos¡



Y aún así, desde luego las chicas somos incomprensibles, voy y quedo con él. No lo entiendo.
¿Que quería?
Comprobar que silvo y acude. Comparar con “otros” por si hubiese algún resquicio para la ilusión rubia. Castigarle con mi gesto abstraído y distante, y palabrería de ilustrada.