Aquel pequeño bar de esquina, cutre, oscuro y ruinoso, refugio de alcohólicos padres de familia se ha cargado de olores.

Primero aparecieron las ventanas, luego las teteras, los posters del Egipto turístico y el moreno que siempre mira cuando paso. Luego llegaron las especias, los olores de la Kasbah de Casablanca o Argel, o el barrio turco de Berlín. Aromas desconocidos, dulces y un algo pastosos. Su fragancia me encontró desprevenida aquella tarde febreril de inusitada primavera.

Aquellos efluvios envolvieron mis sentidos, y no pude por más que volver mi cabeza con sorpresa.
- ¿Qué huele?
- Ah, el nuevo bar, comprendí tras rastrear su huella en el aire.

Ahora, cada vez que me acerco a la esquina estiro mi naricita esperando mi ración diaria de los nuevos perfumes lejanos, melancólicos y empalagosos.
El exotismo de Oriente ha llegado a provincias.