Nada, de nada, se ha terminado la campaña navideña, y nada. Mis últimas esperanzas se han consumido este fatídico 6 de enero. Nada, de nada, ni carbones. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Ni tan siquiera un mísero carbón.

Primero colgué mis maravillosos calcetines de rayas del engalanado arbolito. Aquella noche casi no dormí, volvía a sentir aquel nerviosismo infantil olvidado. Por la mañana la tremenda desilusión; el tarado de Santa Claus había pasado de largo, ni asomarse, allí en el arbolillo seguían solitos mis calcetines amarillos.

Luego pensé en fin de año. Sí, esa es la fecha. Me pondré una linda "lingerie rouge" y el año nuevo me traerá un regalo apasionado. Amanecí entre las resacas de año viejo. Nada; de nada sirvió la “lingerie”, ni romper la copita de champán contra el suelo –a lo ruso-. Todo en vano. Ni un regalo, ni una sorpresa.

Ya solo me quedaban los Magos de Oriente. Bueno, ellos son más nuestros, pensé. Sí, ellos no me defraudarán. Y encontré la foto con el Rey Melchor: yo con cara de asustada y mi hermano tirandole de la barba. Y recordé las noches de reyes –siempre impacientes y excitados, esperando sus regalos—: las apariciones de mis tíos disfrazados de Reyes Magos, la preocupación por dejarles dulces y bebidas a los Reyes, los zapatos relucientes delante de las puertas de las habitaciones, las preguntas sin respuestas a tanto reparto de regalos por un mundo tan enorme.

Esta mañana abrí el medio ojo que logré cerrar esa noche de inquieta espera. Nada, ni rastro, ni un caramelo de los miles que tiraron durante la cabalgata. Nada. Allí seguían mis “farrutx” , impecables, esperando...