Sí, soy un poco pesada, lo no sé pero mi querido Lanzarote no para con lo suyo y, por ende, yo con lo mío. Este pensamiento único, esta desazón, esta inquina..., mis amigos preocupados: ¡Nena, esto no es normal, a qué esta ansiedad, no puedes vivir así! Había conseguido tomar una decisión, me costó pero lo hice: pedí hora al psiquiatra por ver si me curaba de esta obsesión municipal.

Y mira por dónde, en un pronto humanitario, él va y retira las vallas. Se acabó el psiquiatra, estaba contenta hacía sol, calorcito febreril... una delicia, el asunto estaba zanjado. El archivo libre, ya puede venir Carmen Calvo en moto –no hay otro modo de entrar, han puesto un bolardo de zona peatonal que restringe el acceso a la calle Gibraltar- y repartir los legajos por el país adelante.

Pero no, fue solo una ráfaga, un no sé qué... Han colocado otra valla nueva, altanera y firme, ampulosa y recia, que además le soluciona a mi querido Lanzarote dos espinitas de su corazón: el archivo y el museo art-deco. Mata dos pájaros de un tiro, fastidia a sus enemigos museísticos, a quienes debe las aportaciones municipales de varios años, asfixia “tutiplén”, sin que sepamos muy bien a estas alturas de la fiesta el porqué de ese encono, de esa sórdida obsesión con un museo.

Lo siento, querido, no me has dejado otra salida que hacerme de los Amigos de la Casa Lis.