Ya lo voy entendiendo: el impulso machacón de Misombra, su mala leche, su enfado, el persistente estadio de eterna enamorada de Lapetarda y mi fogoso sentir se cuecen en el lóbulo límbico del cerebro. Las bajas pasiones nos dominan. Misombra agita el abanico de estampados chinescos, me guiña un ojo y susurra: “Nena, te lo dije.”

Sí, la entrañable neuróloga, Rita Levi-Montalcini, nos deja bien claro en su entrevista en EPS que nuestro interés por ciertas abstracciones y la escritura, se deben a cierto componente neocortical del cerebro que hemos desarrollado, pero que los subprimates también poseen —cualquier milenio nos alcanzan, y veo metida de cabeza en el planeta de los simios—.El neocortical nos da acceso a los conocimientos, al bien y el mal, a la cultura, nos relaciona con el pasado, el presente y el futuro. Realmente necesito un transplante con sobredosis de neocortical que perfile mi pasado, algo así como una lipoescultura del olvido, y borre de mi memoria al señor de Murcia. Pues me temo que el límbico campa a sus anchas por los rincones y pasillos del ayer-hoy.

Este lóbulo límbico puro y duro gestor de la emotividad es tan poderoso que nos domina a humanos y vertebrados. En pleno debate sobre las células madre, la clonación de Dolly o la manipulación genética, resulta que seguimos, como el minihombre de las Flores, dominados por las pasiones y los impulsos de bajo nivel. El lado emotivo nos controla, el agresivo en particular –la ira hace estragos-. A pesar de los últimos siglos de racionalismo, el componente cognitivo no consigue hacer mella. Para Rita nuestra única esperanza: “Dar alas al genio que cada homo sapiens lleva dentro”.