Estos últimos tiempos  una canción me obsesiona —es mi vicio—. Primero conseguí el Cd, y  sus notas comenzaron a espolvorearse por toda la casa,  vagaban a trompicones entre los cantos de los libros, se descolgaban  por  la red del atrapasueños o merodeaban entre las bolas chinas. Estas raciones no fueron suficientes. Ahora tengo la solución perfecta: me voy a su página web y allí puedo escucharla una y otra vez. Mi canción suena sin interrupciones, sin oquedades, sin fin, ad infinitum.
 
Mi canción tiene un vaivén de olas  verdes, agitadas,  un ritmo cadencioso y penetrante. Mi  canción lluviosa  resuella melancolía entre las notas  azules que se descalzan para secarse. 

Aunque, según leo en  YO Dona, la señora Ainhoa Arteta declara: ”La melancolía es una perdida de tiempo”.
—¡Ah... !  ¿Entonces para qué cantar “una furtiva lágrima”?, por ejemplo —me pregunta Misombra con pálpito de cínica—. No me creo su "soy pasional".
 
Y la melodía suena una vez más en el ordenador, resuena en mi cabeza, me asalta entre las fuentes de las herramientas del Word, ocupa los interlineados, rellena los formatos. Mi canción se repite una y otra vez, sin fin. Los resquicios para el amor son escasos.