7 de diciembre de 1999
El tiempo es una espuma en el aire, una flor derretida entre el humo de tus párpados infieles. El corazón late desnudo en el infierno cotidiano. No puedo esperar el fin. No deseo el fin, tan sólo el querer placentero, risueño, sin fin. No deseo alas de pájaro. No deseo el tridente de Poseidón, ni el amor de Afrodita, tan sólo el placer de una tarde de otoño. Mi verbo es escueto y flácido, se rompe a retazos con quiebros inútiles. No busco el placer desesperado de una noche ni el ardor fugaz de una tiniebla, tan sólo tu sonrisa tenue en la distancia.
Siento tu presencia lejana, siempre a lo lejos, perdida en la noche, perdida en esta niebla invernal. Busco un resquicio de compasión.

7 de diciembre de 2005
El viento es el que golpea,
la mano es la que recuerda,
la voz es la que vigila,
y la mirada olvida en un golpe de suerte.