Es lo bueno de estar enferma, puedo quedarme en la cama todo el día sin que Misombra me atize con el látigo. Ya se sabe las sombras tienen un punto de sacrificio cristiano que siempre da la lata. Bueno, enferma, enferma..., enferma de mentirijillas. Un poco enferma, claro, pero sin necesidad de zurrarse a opiáceos para esquivar el dolor. Un algo enferma con los bronquios atascados, con este peso de hierro en el pecho a suerte de angustia opresora que te devuelve al vacío existencial en la más pura línea sartriana. Una pizca de enferma: molido el espinazo, afogada la cabeza y estrellados los miembros. Un pellizco de enferma para recostarme entre almohadones, sorber los mocos, aspirar con fragor el "sinus" y pasar de un libro a otro toda la mañana recortando en los vahos la chispa de las palabras -única compañía en este día de niebla atascada y cencellada radiante-:

"Era una mañana helada de febrero, y a través de la ventana se veían los campos nevados y al fondo la hilera de álamos en el río"
"una figura cruza la superficie... en dirección al horizonte helado. El cielo es azul pizarra y rosa desvaído y la imagen es la noción del norte"
"Un perro cenizo con un lucero en la frente"
"Siguieron haciendo el amor en la siesta, de prisa y sin corazón, a la sombra evangélica de los naranjos"
"La vida hace, a menudo, ciertos ajustes de cuentas que no es aconsejable pasar por alto"
"Muchos besos y toda la nostalgia de quien la extraña mucho"

Cuando era pequeña y llovía todos los días, me gustaba hacerme la enferma, quedarme en camita mirando la lluvia sin hacer nada. Mi enfermedad favorita eran las anginas —que por otra parte, padecía de verdad, así que colaba— o un vago: "no me encuentro bien" de niña enclenque y enfermiza. La comida de enferma era pescadilla cocida con aceite —así te doliese el estómago, las anginas o la cabeza—, que mi madre preparaba como una delicatessen rural con la mitad de una cebolla.

Hoy no he ido al cole, pero tampoco he comido pescadilla cocida.