Lo siento, guapa, pero te falta estilo, gracia en el baile, poesía y cabecita. Te sobra histrionismo, palabrería de graciosa de pueblo, y ese discurso reviejo de soltera. Es cierto, lo reconozco, doña Carmen París, tiene una voz potente y de hondo calado; daría una excelente intérprete folk-jotera, o de ritmos étnicos –si ella lo prefiere-, o incluso de hondo dramatismo, pero ese barullo en el que se ha metido de cantar y componer la desborda y nos aburre. Uno no puede recorrer los mundos con un repertorio de letrillas que le habrán servido de terapia personal –lo repitió varias veces en la noche-, porque eso no son canciones, valen como desahogos de “mi diario” o de blog exhibicionista, puestas a ser tecnológicas y precisar de la exhibición –como la que suscribe y otros miles en la red- pero no para un espectáculo artístico. La mejor: “Ave del paraíso” de Javier Ruibal, y más lejos su canción a ritmo candombe uruguayo. Eso sí, ella triunfó en el Liceo el viernes pasado, bises, público en pie y calor de pecho ajeno entre los aires rancios de ese teatro de provincias. Sin embargo, lo siento, pequeña, necesitas otro repertorio y un asesor de “savoir faire”, y menos mal que el grupo sonaba bastante bien y compacto.

La gran sorpresa del concierto fueron los músicos, por su cohesión y calidad, y porque allí, entre ellos, estaba el chico de mis sueños. La noche anterior soñé que paseaba con mi amigo JP, tratando de explicarle alguna de estas cuitas que me enredan, pero mi amigo era diferente, nada que ver con la realidad, salvo que ambos eran altos, sin embargo esta nueva imagen de mi amigo solo la aprecié cuando me desperté, en mi sueño mi amigo era así desde siempre. El viernes cuando el grupo sale a escena y se colocan, veo en los teclados a mi amigo en la versión soñada: con la misma preciosa y larga melena trigueña oscura, los mismos ojos negros y pequeños, idénticas manos largas y delgadas, la misma nariz delgada y afilada con una vaga reminiscencia de judío de Castilla. Entre pasmada y embelesada no pude dejar de mirar al hombre soñado que resultó ser de Bilbao. Entre tecla y tecla, canción y nota baja parecía decirme: “Lo siento, guapa, pero lo nuestro se acabó...”