Soy una mancha de aceite que trata de escalar las patas de la silla de la cocina para engullir de un trago el primer café de la mañana. Consigo sobrevivir maltrecha, arrastrándome correosa por entre las pulsiones del teclado y las palabras apelmazadas y contundentes de las resoluciones. Los ojos no soportan el peso de las pupilas encendidas por esta noche desvelada a golpe de sudores y olores de roces entre nuestras volátiles pieles. Los párpados cargan con los estertores ahogados del placer caprichoso. El cansancio vela las imágenes del recuerdo del encuentro con tal fuerza arrolladora que resulta imposible encender la memoria entre la niebla de la confusión insomne. El cansancio aviva las pulsiones de un letargo de murmullos y manos que encuentran la memoria entre los poros de piel desalada de otro hombre sin futuro. Y la mano es la que recuerda otras manos, otras voces, otros pellejos y otros abrazos, y la mano viene de lejos, de muy lejos, cargada con un hatillo de sienes perfumadas y sabores entre las costillas.