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Soy urbana, una chica de provincias urbanita. ¡Qué le voy a hacer! Cosas de la vida. Para campo, con el de mis macetas me voy arreglando. Si tengo mono planto la sillita roja en el balcón, a la sombra de la adelfa, entre tulipanes y geranios, para recitar por lo bajinis al aire de abril aquello de: "Tus ojos me recuerdan las noches de verano. Y tu morena carne los trigos requemados, y el suspirar de fuego de los maduros campos...". Y lista, ya tengo para un mes. Pero esta temporada, andaba yo inquieta, esa dosis de tierra no me bastaba, y eso que el níspero parece que ha prendido después de todo el invierno bajo palio. ¡Todo un logro! Sin pensármelo dos veces me apunté a la excursión de mi floripandi al valle del Jerte para ver los cerezos en flor. Las montañas lucían de invierno en un gris azulado mate reposado. Cerca de las cumbres los cerezos seguían hibernados pero en las laderas, desde el fondo del valle, de blanco reluciente los cerezos con sus flores níveas y lozanas cercaban al invierno y nos presagiaban el dominio de la primavera.

Claro que, en tiempos de movimientos de masas, lo que prometía ser un día de mantel a cuadros y tortilla se convirtió en rebaños de niños por doquier, reatas de autos, atascos y sobredosis de ropa deportiva; con la honrosa excepción del esbelto guardia civil enfundado en su ajustado pantalón verde alfalfa y sus botas negro zaino bien calzadas hasta la rodilla, sólo le faltaba el famoso tres cuartos de cuero marrón. ¡Uhmm...! ¿Quién habrá inventado ese uniforme? Todo un hallazgo. Bueno, que me pierdo. Como nosotros ayer, los japoneses celebran la floración de los cerezos con el festival del Hanami. A la sombra de los sakura –cerezo en japonés-, se reúnen las familias y amigos y comparten los alimentos que todos aportan para celebrar la vida. Para los japoneses, los sakura representan la belleza y delicadeza, lo efímero de la vida humana ya que las flores bellas y sencillas viven muy poco tiempo en el árbol. En la antigua tradición Samurai, la flor del cerezo representa la vida del Samurai, dispuesto a morir por su señor, y antes que ver su nombre deshonrado por incumplir alguna de las normas del bushido. De vuelta a casa, empachada de sakuras y con los grises y blancos abarrotando mi retina, recordé a Yukio Mishima, que utilizó el harakiri –ritual legendario de los samurai- para suicidarse, mientras saboreaba un delicioso bombón relleno de higo, delicatessen de la tierra del Jerte.