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De vuelta a casa, el aire denso y cálido de la calle Compañía seca la capa de musgo que me ha crecido con las lluvias y aires otoñales de Cracovia. De la energía serena y traslucida del patio del Castillo de Wawel, que penetra por los poros con pinchazos de seda, al bullicio chirriante y grasiento de las casetas de feria. Estoy contenta por recuperar el calor, olvidarme del paraguas y de los charcos en las aceras. Durante estos días polacos me entristecía levantarme y mirar aquel cielo gris, volátil por el viento del norte, oscuro de otoño y con las hojas de los castaños de indias cubriendo las aceras y los jardines. Era agosto y ya no me apeaba del paraguas y el jersey de lana. Un invierno infinito por delante.
En unas horas, de las calles de Varsovia amplias y silenciosas a este jolgorio de patio de vecinas, abigarrado y con olor panceta y carne de verano reseco. De las plazas y las calles repletas de puestos flores, con girasoles, rosas de todos los colores, de tallo largo, corto, en bouquet o por cuentagotas..., a las rúas de piedra tostada, sin flores en los balcones. De los coquetos restaurantes de Cracovia, con sus velas y búcaro con flores en las mesas, a este sistema de barra y tentetieso. De las cuevas de jazz de Varsovia o Cracovia en las que músicos inagotables nos deleitaban tocando horas y horas a nuestros bares vociferantes de música enlatada.
Sentía nostalgia del sol en pleno agosto, de los brazos desnudos y de las noches de luna con poca ropa. Ahora, siento nostalgia de las flores en cualquier esquina, del olor de las manzanas que se pudren sobre la hierba mojada de la plaza de Kazimierz, de los músicos apasionados que calentaban las noches de los clubs.