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Anda que llevo una temporada de animalitos..., entre la sirenita, los angelitos, la rata..., y todavía tengo pendiente por ahí una boa que conquista y engulle mujercitas para educarlas –un pigmalión, vaya- que me ronda, me ronda la cabeza pero continua hibernada por el momento, me temo. Sí, ya sé que los angelitos no son animales, más bien onda fauna fantástica, siempre tan ausentes... Todo empezó con la sirenaza de Fontcuberta, desde ahí parece que tengo instalado un bestiario en mi vida, luego la sirenita de julio huésped de mi bañera; me escapo a Varsovia y ¡zas! el mito lugareño es una sirena en pie de guerra con escudo y espada. El pasado sábado, me voy a la Noche blanca y, después de escribir hará un mes un relatillo irreverente sobre un arcángel Gabriel yesista, lo primero que se me ocurre ver es Tombés du ciel del Circo da Madrugada, un espectáculo circense plagado de ángeles que después de 500 años bajan a la tierra para regarnos de plumas blancas y clavarnos las flechas de cupido:
"Toi, le ciel, qui ce soir me fit soufrir
Et toi, la mer, qui blesse le rocher
Souvenez vous, qu'en un temps de délire
Je vous ai dit, ce soir, que je l'aimais."
(livre de Cupidon, acte I)
Tanta fauna empieza a preocuparme, no sé..., si esto tendrá alguna interpretación psicoanalítica profunda, menos mal que por el momento no atacan como el carballo asesino del señor Andrés en su viaje a las Galias.

Por cierto, muy acertado Gallardin con los eventos de la nuit blanche, numerosos, variados y de calidad: la instalación de Canogar, Clandestino, en la Puerta de Alcalá, con todas aquellas figuras que la escalaban, o la de la Casa de America con proyecciones en las ventanas al hilo de la famosa leyenda del palacio de Linares, o el concierto de música de los autómatas en el antiguo salón de baile del Círculo Mercantil.