Lo que más me gustaba de la Navidad era el calvo, Clive Arrindell, del anuncio televisivo del sorteo navideño de la lotería; ese tipo elegante y tierno, de ojos transparentes y figura oscura. Aquella mirada envolvente de dulce ilusión y su silencio seductor me cautivaban. Durante estos últimos ocho años noviembre dejaba de ser noviembre al sentir sus sinceros deseos de suerte unos míseros segundos. Un calvo para un gordo que trampea y se nos resiste. Este año no hay calvo. Adiós al anuncio mágico y juguetón. Ahora el color y la tierna infancia se imponen con un spot en plan “ahora toca jugar a la lotería”. Una memez.