Hago la maleta una vez más, y un sin fin de dudas comienza a asaltarme: ¿llevaré el pantalón negro? ¿dos o tres bikinis? Los zapatos blancos, las zapatillas de vichy, alpargatas negras, bolso blanco, lo peor no encuentro las alpargatas blancas, y ¿las rojas? ¿Hum!..., ni con los piratas rosa desteñido ni el short estampado playero me cuajan, un horror... ¿Dónde habré metido las blancas? ¿las habré tirado a la basura? La toalla, la lencería –que milena no expone al vecindario-, una chaqueta..., las camisetas: blanca, negra, naranja, pistacho, ¡ah!..., el modelito pantalón marinero francés con camiseta de listas rojas –¡tan chanel!-, el pijama, los cargadores -porque, ahora, se viaja con mucha tecnología a cuestas-, un par de regalos, la cremas y alrededores.

El libro de Cesar Aria o ¿Pitol?, aunque no sé..., tal vez con el “Vivir para contarla” voy sobrada, y tres me parecen demasiados, ni cabrán; los diskettes, la libreta azul y las notas de la boa que últimamente se traen un ajetreo de casa al trabajo y vuelta, y paseos varios por las provincias, pero ni con ésas avanzo, espero que las alturas gélidas de la atmósfera le sienten bien, y vuelva del paraíso con la boa compuesta y rematada, lista para entregar al susodicho.

Se cierra el telón, ¿cómo se titula la película?