Durante mis callejeos veraniegos, sin mirarme los pies, he descubierto esos balcones rebosantes de CD’s brillantes de variado colorido: granates, negros y blancos, verdes y amarillos, que mecen sus surcos entre la brisa y el viento. Algunos penden de barrotes negros amarrados en fila india como un escuadrón de espantapájaros perfectamente alienados, otros contentan el alma de poeta del inquilino artista colgados de la barandilla y suspendidos del techo como serpientes engalanadas de brillos iridiscentes, que recuerdan los móviles de Calder. Calle arriba, en un balcón de barrio otro pinga solitario prendido de una pinza de madera en la cuerda ruin del ¿me quiere? ¿no me quiere? En las esquina de los cines Van Dyck una fila multicolor balancea sus ruedas de platino desde los barrotes de hierro negros, sin prisa, esperando que la noche lance sus destellos nacarados a los ojos de noctámbulos cansinos. Cuatro calles más allá, el más ladino columpia perezoso su trasero nacarado entre las macetas de alhelíes blancos a la sombra de las adelfas del vergel que florece en el balcón del cuarto.

El primer día pensé que una nueva moda que se imponía por el orbe occidental y ahora tocaba el reino de los CD’s en balcones y terrazas, al igual que los quads o el tunning, pero ante la plaga de pajaritos de la última temporada deduje –sí, cavilo mientras camino, aunque no debería-: ¡Anda!... son espantapájaros para que no se coman las plantitas. Y comencé a fijarme si la plaga había llegado a otras ciudades, pero ni en Madrid, Pontevedra, Santiago, Varsovia, Zamora o Cracovia he visto la fiebre de colgar los CD’s en los balcones. ¿De soporte de datos a útil de ferretería? Una nueva seña de identidad se fragua en el orbe charro.
¿Espantapájaros o pieza de arte povera?