Con la mayoría de los músicos, sucede que cuando voy a un concierto ya tengo una idea clara de lo que voy a escuchar; pueden tocar un repertorio u otro, tener mejor o peor día, un grupo de lujo o de saldillo, pero hay unos pocos con los que una nunca sabe muy bien qué sucederá, si tendrán la noche romántica o la temporada zen y cenaremos suave, les dará por ponerse estupendos y derrochar experimentación de la que raya al tercer tema, o gozarán de un día soleado y marchoso. A esta calaña de músicos pertenecen los colegas John Cale y Lou Reed.

Ayer Cale nos dejó estupefactos antes de comenzar el concierto cuando el rizos moreno, de labios sonrientes y carnosos, nos avisó que, a pesar de ser tarde de domingo, no esperásemos veladas intimistas, ni sones recogidos, que éste sería un concierto diferente, de rock & roll y, además, sir John Cale nos quería cerca, de pie y bien pegados al escenario, y nada de fotos, al primer flash suspendía el concierto. Los primeros minutos no reaccionamos, seguimos clavados a las butacas, atónitos. El rizos volvió a insistir, que podíamos levantarnos y acercarnos al escenario, que no estaba prohibido. Después de frotarnos los ojos, reaccionamos y rass! en huida hacia delante arrimados a pie de escenario. A dos palmos de narices, he tenido a sir Cale todo de negro, pelo blanco con mechones granate claro, ojos mini, azul cielito casi imperceptibles, y algo barriguitas.

Y comenzó la sorpresa de la temporada, hora y media larga de concierto con canciones ariscas y guitarreras de su época en la Velvet Underground o de su larguísima carrera en solitario, o más suaves e ingenuas, incluso con una versión del Heartbreak Hotel de Elvis Presley; but only r&r para bailar queridos.