¡Estoy que muerdo! La tengo todo el día pegada a mi trasero, sin tregua ni para comer. Cansina y gritona a más no poder: perezosa, dejada, vaga..., y lo último: atorrante –¿habrá ido al concierto del dúo Sabina/Serrat?—.

Hoy se la he jugado: no he comido en casa y luego sesión de cine en un intento de que “La suerte de Emma” me roce, aunque sea de refilón y me pase una pizquita de buena estrella. Pero no..., no es mi día. La suerte de mi tocaya es como el destino: paradójica, sí el azar le proporciona el amor pero... . Ya se sabe: Dura poco la alegría en casa del pobre, y mi Emma acaba triste cuidando sus cerditos en la granja de Pin y Pon, pero contenta –otra vez la paradoja—, lo siento no quiero desvelar el final. Es una estupenda película alemana, dramática pero sin sensiblerías —me gustan los dramones alemanes de esta última época—, con la muerte en los talones, la soledad en el blanco de los ojos y el humor en el sillín de la motocicleta.

Cuando abro la puerta Misombra se abalanza y me sacude rabiosa con el palo de la fregona. “¿Dónde has estado todo el día zángana?”. Escurro el bulto y me encierro en el baño. Apago la luz hasta mañana.