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Hubo un tiempo en que lo primero que comía eran los ojos de la merluza y robaba las kotkoxas de los platos vecinos. Ahora tengo un acuario con tres peces de colores y algas trepadoras de hojas diminutas, y un caballito de mar disecado escondido en una caja de cristal. Todas las mañanas, antes de lavarme los dientes, compruebo que los tres todavía están ahí.


«Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
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Fue su quietud lo que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaces de evadirse de ese sopor mineral en que pasaban horas enteras. Sus ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar.»