Este domingo pasado, El País publicaba dos reportajes sobre sendos multimillonarios de muy diferente edad y apostura. El ruso Román Abramóvich de 41 años y Warren Buffet –que ha estado en Madrid de compras: nada, con menos de 50 millones de euros de beneficios brutos, por favor-, el americano de 78 años, que ha culpado a los bancos de la crisis.

El primero ha hecho enormes negocios a la sombra de Yeltsin, durante el desmantelamiento del régimen comunista, y ha procurado dejarle claro a Putin que no le interesa la política y el poder. Vive entre Londres, Moscú y New York, es propietario del Chelsea FC, acaba de comprar un rancho y una pista de esquí por las Montañas Rocosas. Lo describen como tímido, despiadado, generosos, audaz, calculador y visionario.

El segundo declara que apoya a cualquiera de los candidatos demócratas por sus propuestas sobre el aborto, la sanidad, los impuestos..., y es optimista con respecto a la crisis económica. Vive en la misma casa que compró hace 40 años, conduce su propio coche y cobra 100.000 dólares como ejecutivo de su compañía. El entrevistador lo describe como racional, con sentido del humor, sentido común, seguro de sí mismo y enorme bagaje financiero y de gestión.

Ambos comenzaron bien prontito en los negocios . El ruso a los 18 años con el dinero, regalo de su suegro por la boda, que invirtió en perfumes, desodorantes, medias y pasta de dientes. El americano hizo su primera inversión a los 11 años después de tragarse todos los libros que sobre el tema había en la biblioteca de su pueblo. ¿Algo más en común? Quizás, a diferencia de los chinos –Sharon Stone dixit-, tienen buen karma.