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El hombre melancolía usa perilla pero no sombrilla, y las penas le llueven grises, sin descanso. Cada día una nueva tristeza le abate desde las zapatillas felpudas; sube despacio, mustia y mohína desde la planta de los pies, fémur arriba, hasta asentarse en la barriguita, bien adentro entre los pliegues melosos del estómago.

El hombre melancolía siempre trabaja, no descansa. Tanto abatimiento da mucho que hacer. Trabaja bien duro con las murrias, las bate con melisa y una pizca de insomnio, las amasa suave con palabras y las tiende a secar entre las adidas rojas y la blusa negra.

El hombre melancolía teje una manta de palabras al abrigo de la languidez lluviosa del jueves santo. Cavila, desteje, intriga, deshila, y de tanto urdir el tedio la pesadumbre corre por las canales, baja por los sumideros, rebosa por las alcantarillas y va a parar al mar helado de las zangarrianas.

El hombre melancolía levanta la vista, templa los enormes ojos azules, levanta la tapa del occipital, y de un golpe seco y metálico arranca la nostalgia de la temporada otoñal. De nuevo, asienta la cabeza trasquilada, acaricia la perilla y abre la sombrilla: “Este sol de otoño templa las tristezas.”