Era un tren regional lento y sucio.
La mujer tendría unos sesenta años, el pelo color paja reseca en pleno julio, la cara marcada por unas arrugas demasiado profundas para la edad que minutos más tarde acabará confesando.

—¡Qué pesado se hace este viaje! Fíjese yo vengo del AVE. Zaragoza Madrid en una hora y quince minutos. Salí de Zaragoza a las 5, y a las 6 y cuarto en Madrid. En cambio a Salamanca casi tres horas. En el AVE se viaja estupendamente, no hace este ruido. Esto le levanta a uno dolor de cabeza.

—Yo vengo de Sevilla. Sevilla, Madrid en dos horas y media...! —Le contesta su compañero de fila. Suena El Corral de los Mojinos Escozios en su móvil— Dime. No, estoy en el tren. A Salamanca...

(De un tiempo a esta parte, los pasajeros de los trenes se dividen en los que han viajado en AVE y los que no.)

“Era un tren largo en el que lo habían metido aquella tarde. A través de la ventana la vio irse, alejarse, desparecer. Y de nuevo volvió a lo que había tenido antes de encontrarla. Ella ya no estaba allí, ni su cara, ni sus ojos, sólo había silbidos y ruido y un futuro en el que arderían ciudades enteras.” Vida privada. Nina Berberova.

Hace años en un tren expreso París-Madrid con muchos túneles para arrullarse y demasiadas horas para no pensar, M. regresaba casada con Omar, un turco enjuto de pequeños ojos renegridos y asustadizos y pelo rizado al que había conocido un mes antes en un banco de la Place des Vosgues. Siete meses más tarde en otro tren muy largo, él volvía a París sin ella con un reflejo verde en sus pupilas, las manos gastadas y un tufo a aguardiente entre los rizos.