—Rubia, ¿ese tipo de la mesa, el que lee el periódico no te suena de nada? No te quita el ojo —Susurró Misombra semanas atrás. No lo conocía de nada pero el aviso y su buena planta me sirvieron para echarle un par tejos, una tarde de café sosa e invernal.

—¿Has visto ese Ford Mondeo plateado? Lleva bastante rato detrás de nosotras. —Apuntó nerviosa una tarde que volvíamos de Peñaranda.

—Ese coche blanco lleva más de una semana aparcado en el mismo sitio, ahí enfrente ¿lo ves? —me informó a los pocos días. Será de algún vecino, pensé.

—Este fin de semana, que me has dejado tirada como de costumbre, te han llamado no se cuantas veces pero no han dejado mensaje. Esto no es normal. —Me contó con aire de reproche Misombra.

—Hoy han llamado varias veces al timbre. Primero en el telefonillo y luego en casa. Y yo aquí sola guardándote las espaldas. Niña, esto ya pasa de la raya, demasiadas coincidencias —Se apresuró a anunciarme nada más llegar del trabajo. Empiezo a preocuparme.

Han abierto mi buzón, dentro no queda nada ni un papelillo del Pizza Hut. Se lo cuento a Misombra que corre alterada pasillo arriba, pasillo abajo, gimoteando:

—Te lo dije, te lo dije. ¡Nos vigilan! ¿En qué andas metida? Nunca me haces caso y así te va.

Tengo una pesadilla espantosa. Camino por la Avda de Portugal, otra vez en obras, no hay más que zanjas, barro, tuberías tiradas y vallas por todas partes. El hombre del bar me sigue los pasos. Siento su aliento en la nuca, y sus manos rebuscando entre los papeles de mi cartera. De repente me empuja a la zanja. Una tubería rugosa y caliente se enrosca en mi garganta. Me despierto con un sofocón terrible con las manos en la garganta y la frase de la semana todavía repitiéndose en mi cabeza: "Quién vigila al vigilante".