Todavía era de noche cuando Sara salió de casa. Los copos silenciosos se pegaban a su abrigo, y los pasos resonaban en el callejón de Entrerruas. Al llegar a la esquina vio pasar al autobús. Llegaría tarde. Tal vez ese fuese el último. Y tendría caminar hasta el polígono. Nevaba con rabia. En la calle no se veía un alma, sólo la estela de humo gris. Los operarios del servicio de limpieza pasaron con la máquina sembradora de sal. El banco de la parada de la línea del Cementerio era un carámbano. El frío se le incrustó en las nalgas. Los pies ateridos, los ojos abrasados y el paraguas sin cerrar. Un maullido helador y lloroso la sobresaltó. Bajo el banco, un gatito negro le clavó su mirada amenazadora.

El chirrido de los frenos y la voz cantarina del conductor la tranquilizaron. Amanecía pero el cielo no clareaba. Los copos prendidos en los limpiaparabrisas no dejaban de moverse con precisión de metrónomo: un, dos, un, dos... El semáforo de la Puerta del Ángel estaba en rojo. Un, dos, rojo, tres, cuatro, rojo, cinco, seis..., rojo, trece. El semáforo se abrió. “Y..., ya saben señores oyentes: hoy, martes 13, como dice el refrán: no te cases, ni te embarques.” Recordaba en la radio un tertuliano de voz clarividente. Sara echó una última ojeada a la alianza, la arrinconó en el fondo del bolso y pulsó el timbre de parada.