Últimamente abunda la gente desagradable o no sé..., parece que todos los bordes se cruzan en mi camino. Ya casi nadie es agradable, bueno, miento quedan algunos restos por ahí sueltos, raros ejemplares de simpatía en tiempos de mascarillas. El ferretero de mi barrio, que todavía usa mandilón azul marino y goza siempre de buen humor, cuando le pides un descuento en la plancha que piensas comprarle te piropea con alguna lindeza del estilo de: ¡Cómo no te lo voy a hacer, si me lo pides con esos ojazos! Me pongo colorada hasta el riñón, y me voy más contenta que unas pascuas, con el ánimo por las nubes, pero con la planchita más cara de toda la ciudad.

Esta mañana el típico enano profesional con cara de ratón —llámese ingeniero, abogado o arquitecto, da igual todos cojean del mismo pie, el de la tontería— con motazo "que cagas" para el verano y autito de marca para el invierno ha cargado el ambiente de despachos y pasillos de pomposidad provinciana, autosuficiencia euclídea y colonia con aroma de "soy tu hombre irresistible" que he necesitado un café de dos horas y un cigarro para calmar la ciática que se había sublevado de cuajo.