A las 6:30 suena el despertador en el piso de arriba. Me despierto con esa sensación desasosegante de estar soñando pero no puedo recordar nada. Incluso, tal vez he soñado ese despertador. No, el agua corre en la ducha. Un hilo de luz nocturna me llega a través de las rendijas de las cortinas. Abro la ventana. Hace fresco pero no la cierro. Intento recordar el sueño. Sentir la inquietud del despertar tratando de rescatar las imágenes, las palabras -si las había-. Nada, todos han quedado dormidos. Otro día más que madrugo. No consigo quedarme dormida. A las 7:10 los pájaros durmientes en los tilos del parque comienzan a gorjear desternillados de risa. Amanece por el Este. La arañita se descuelga en picado desde la barra de la cortina. Todo sigue en su sitio.


"2:15 Acabo de tener una de las experiencias más angustiosas de mi relación con el mundo de los sueños: estar convencido de que ya no duermo, pero no poder despertarme... Sé que me despertaría si pudiera moverme y lo intento poniendo toda mi atención, pero no puedo. Estoy seguro de que, si moviese alguno de mis miembros, conseguiría dejar el sueño atrás, pero esa especie de parálisis general me impide cualquier movimiento."
Tres semanas de mal dormir. José Mª Merino.