El invierno en que Alfonso se puso el pijama de listas grises y verdes en noviembre y no se le quitó hasta bien entrado marzo con la disculpa de hacerse una culturita, la lluvia resbalaba por la palmera, se filtraba por la tierra negruzca del jardín de la casa de la Choupana y rezumaba a través del viejo terrazo de la planta baja de aquel caserón musgoso y cuarteado.

El minino de Lady Godiva aprovechaba la humareda nocturna para escaparse por el ventanuco de la cocina. Tantas noches de humo y niebla acabaron con él en una cuneta después de atropello madrugador.

Los amantes lanzaban guijarros a deshoras contra los cristales de la ventana del polvarium, para que una rubia noctámbula y ojerosa le abriese los postigos en pijama y con el pelo destrozado.