El aguacero tormentoso del domingo volvió a inundar el Paseo de la Estación. Otra vez la vaguada anegada. Los goterones salpicaban el asfalto quemado y la ilusión agazapada bajo el sofá surgió al ritmo de los goterones relucientes. "Tal vez vuelva. Si no la misma otra nueva". Paseos al baño, cada cinco minutos pero la bañera, vacía y reseca. "Quizá es pronto... Todavía no son las diez. No le ha dado tiempo. Sí, es pronto." A las once comencé a morderme las uñas. Paseos al balcón. Las macetas habían digerido todo el chaparrón. Poco a poco la calle se secaba. El viento y chillido de las sirenas se habían callado. "Tiene que venir, siempre aparece con las tormentas de mayo. Sí, volverá aunque sólo sea de paso." Eran las doce menos cuarto el correr de la ducha del vecino del sexto mordió mi corazón. Volé hacia la bañera. Nada, seca. Seguimos sin noticias. Ella no llegaba. Decidí cenar y tomarlo con calma. Con una copita de más y un cigarrillo en la boca tenía toda la noche por delante. Alternaba los paseos al baño con los carreras al fregadero. A la una cuarenta seguíamos sin noticias. "Ya va siendo hora... Puede que con tanto levantar alcantarillas, tanta obra y tanto achique se perdiese por los sótanos". El vecino apagó la televisión y el silencio nos volvió la espalda. La tres en punto, la botella de Perucchi va llegando a su fin y ella no ha vuelto. Siento que podría cantar como la gran Chavela aquello de:

"Nada me han enseñado los años
siempre caigo en los mismos errores
otra vez a brindar con extraños
y a llorar por los mismos dolores.
Tómate esta botella conmigo,
en el último trago nos vamos"

O colgar un aviso en el buzón: "Ella ya no vive aquí". Es lo que tienen las ciudades con río, las sirenitas se escapan por cualquier alcantarilla.