Tengo la casa hecha un nidito de amor, una fonda babélica: Arrumacos en alemán, tacos en polaco, parlados en inglés mostrenco -el mío oficiando de anfitriona con el polaco-, la pequeña Lolita en alemán con acento andalú, y misombra que rezonga en un esperanto muy conciliador después de terminarse las salchicas.

Nuestros terraceos se vuelven rondas de conversaciones: yo le hablo a ella, ella traduce al alemán, ellos se hablan en germánico, yo le atizo a la cerveza y miro al rubio de al lado, ella me resume la respuesta de su rubio. A la segunda ronda he perdido el hilo y me tiro de cabeza a la caña. A la tercera cerveza, puedo resumir Cien años de soledad en una síntesis de inglés-español-portugués-francés-gestos comprensible para cualquier tribu.