vuelo al sol
Es curiosa la fuerza de las supersticiones. Vuelo Barajas - Tenerife Sur, martes 13, asiento en la fila 13, un disparo me recordó: no te cases, ni te embarques. No me perdí ni una coma de las explicaciones de seguridad que tan clarito nos emitía una pantalla dos filas más abajo.
Lapetarda pide un benjamín y duerme la borrachera.
La razón se impone: anochece a 50º bajo cero y la línea del horizonte se ha transformado en una franja de colores encandenados: rojo sangre de toro, azul amanecer, naranja sabiduría, azul china.
La mujer batidora nos subió hasta la casa de mi querida LA, por la autopista a mil por hora y sin dejar de hablar del accidente mortal de esa mañana en la salida de Fañabé. Encierro los sueños entre atrapasueños lakotas colgados de las ventanas. Desde que he llegado no tengo más que pesadillas.
Lapetarda pide un benjamín y duerme la borrachera.
La razón se impone: anochece a 50º bajo cero y la línea del horizonte se ha transformado en una franja de colores encandenados: rojo sangre de toro, azul amanecer, naranja sabiduría, azul china.
La mujer batidora nos subió hasta la casa de mi querida LA, por la autopista a mil por hora y sin dejar de hablar del accidente mortal de esa mañana en la salida de Fañabé. Encierro los sueños entre atrapasueños lakotas colgados de las ventanas. Desde que he llegado no tengo más que pesadillas.
Cuando volvimos, la casa respiraba a incendio de rastrojos, y cenizas de romeros en brasero. Las hierbas resecas crecían entre los cojines del sofá, y un hongo gris sombrío escalaba la pared de la cocina. Lapetarda lucía un moreno zaíno más del tipo estar colgada al sol en el tendedero cual sábana al clareo- que de pingo nocturna. Al vernos llegar con las maletas, los paquetes de patatas y pimientos, las cajas de vino y aguardiente, y con nuestra piel de blanquitas al aire de un crucero por los fiordos, clavó sus ojos en Misombra y se justificó atentamente:
Plaza de los Toreros, 9:00 am, -11 ºC, un airón gélido acartona mi carita sonrosada, casi ni respiro no vaya a ser que una astilla de hielo se cuele por las fosas nasales y se clave en mi achacoso corazoncito.
A veces una imagen, nos deja fríos, no sabemos muy qué nos pasa con ella, si nos gusta o no, si es lo que esperamos o nos defrauda
Y luego, tras agitados sueños nocturnos, esa fotografía cobra vida, se fija en nuestra mente y ya no podemos apartarla. Vuelve una y otra vez como las mareas, con una fuerza inusitada, persistente
Es vívida, luminosa y real. Es aquel cromo que llevamos persiguiendo desde nuestra infancia.