arsenico1.JPGDos veces por semana Flérida, con los ojos como platos y parlanchina, sacude en mi despacho las historias de cómo su marido perdió la pierna izquierda por la gangrena, de cómo ahora está algo mejor de la depresión, de que, ¡pobre!, ahora le van a cortar los dedos del pie derecho –otra vez la gangrena-, de cómo la rusa –que vino con su hijo y el bebé en la navidad del 2000- empeora de la enfermedad de Krohn y una vez por semana la hospitalizan para darle no sé que tratamiento. Mientras pasea la fregona por las baldosas color sepia y esparce el polvo de las carpetas, desgrana con voz quejosa cómo aquella noche navideña su hijo agarró la escopeta de caza y de varios tiros casi certeros hirió al dueño y a una de las chicas del puticlub de Pedrosillo; de cómo lleva más de cuatro años en la cárcel y le quedan tres, de cómo se volvería loco si no es por la rusa. Flérida recoloca el polvo esparcido con el impulso certero de un plumero, mientras la escucho absorta, con toses contenidas, y busco sobredosis de compasión entre las memorias y papeles dispersos.