Desde mi ventana atlántica olfateo un mar cuajado de sal y algas marrones y verdes. Dentelladas de espuma rizada quebradas por nubes deshiladas a fuerza de noches sorprenden la mirada perdida en el mar adentro. El aire mojado de salitre desparrama entre las voces de la casa un aroma amargo de lágrimas y océano.

Tierra adentro, decenas de kilómetros al norte, el granito lavado cubierto de musgo sedoso destila el veneno melancólico de la memoria. Bajo los soportales de la rúa del Villar, los pasos saltarines de "el rubio" y mis andares de rumba lanzan destellos rizados de un mar azul que rebotan contra las losas de piedra camino del océano. Las voces de los viejos amigos crepitan ante un café en la mesa de El Casino y chorros de recuerdos corren entre los gastados sofás de cretona y se refugian entre los recovecos del artesonado del techo.

El océano es un estado de ánimo que se infiltra. Ch. Baudelaire.