"Si un día tuvieran la ocasión de compartir su suerte conmigo, toda una vida,
sin duda me ofrecerían el aire...
hombres con los que no me he casado".

Dorothy Parker

Kurtz agarraba con fuerza el plato sopero y lo acercaba con precisión y tiento hasta el borde de sus labios sonrosados y carnosos; encajaba el borde del plato entre la comisura de los labios como si se tratase de una pieza del mecano, y sorbía despacio, profundamente como quién aspira el humo del primer cigarrillo del día, sorbía con ansia de sediento, con tal estrépito de gorgoteos que revolvía los fideos de las sopas ajenas. Antes del último sorbo, el resto de los comensales se habían deslizado silla abajo, habían acercado su cabeza al plato con tanto sigilo y cautela que la sopa estaba fría pero seguía intacta.

Roberto Roal tenía poca mano con las mujeres pero le gustaba alardear de su misoginia congénita.

Onofre tomaba el sol en el banco de piedra de la Quintana dos Mortos y escondía su nariz aguileña bajo el sombrero de panamá. En invierno, se calentaba el reuma con unos lingotazos de coñá en el Galo d’Ouro; usaba pantalón rojo de pana, jersey de cuello cisne negro y un abrigo corto gris marengo; bajaba y subía las escaleras de la Quintana dos Vivos con paso perezoso y algo cargado de hombros. Un verano, encontraron sus huesos larguiruchos y su hígado inservible en la cuneta de la autopista A-9.