Todas las tardes sentado en el alféizar del escaparate de Caja Laboral, un hombre rubio, alto y fuerte, de hombros anchos, con ojos azules de cielo de estepa y bigote poblado, extiende su brazo y abre su mano firme a los transeúntes que circulan por Álvaro Gil. Los días de invierno cubre su calvicie con un gorro de piel marrón con orejeras, el frío agarrota sus dedos gruesos y rugosos. En los días de sol tuesta la piel de su cabeza; muestra el pelo cortado al uno y su busto de cosaco. Su mirada ausente traspasa el quiosco del chaflán, los muros del edificio de Torres Villarroel, más allá del parque de la Alamedilla remonta hacia la llanura de trigo verde. Callado y tímido no mendiga unas monedas, tan sólo exhibe su miseria con pudor ante las miradas ajetreadas de los paseantes, y tal vez recuerde su aldea en Ucrania, a sus parientes y amigos, la nieve de Rostov o las cúpulas doradas de San Petesburgo.