Es lo bueno del TALGO; pude leerme de una sentada el librito del señor Umbral. Allí en mi asiento de ventana plana, con los auriculares a modo de barrera aislante, con la mirada ausente clavada en el secarral zamorano, en las montañas verde azuladas de eucaliptos, o con vistas al volvía a sentir el tacto áspero del uniforme colegial. A lomos de los chirridos acerados de las ruedas del tren viajaba en ruta serpenteante hacia los olores de aquella época de “tedio y plateresco”: el olor del pupitre con tapa de formica, de la goma Milán de nata, de las manchas de tinta china en la madera, del pegamento y las carpetas de plástico.

“Del fondo del pupitre te viene todavía el aroma de la infancia, el olor del pecado... No eres sino, quizá, el desarrollo y la propagación de todo lo que contenía, revuelto, el fondo de tu pupitre. Llevas en el alma, llevas por alma un fondo de pupitre escolar con libros prohibidos, películas prohibidas y nombres prohibidos. ... y ahora, naturalmente vives en la pura transgresión, vives la transgresión... “

“Qué llama blanca cuando todavía conservabas el cristal puro, cuando tornabas a tu reclinatorio con la cabeza baja, las mejillas encendidas, las manos juntas, los pies torpes, los ojos cerrados y el corazón fuera de sitio. Pero la noche, oye, la noches te trabajaban, la luna era la sutil visitadora de tus desvelos, y lo que ganabas de día lo perdías en el sueño o en la vigilia. Ibas para santa, para mártir, para virgen para beata o abadesa, pero estaban las noches.” Carta abierta a una chica progre. Francisco Umbral.