El granizo repiqueteaba en las aceras resecas. La lluvia y el viento con sacudidas de otoño han dejado las aceras cubiertas de las hojas verdes de los castaños de indias. Millares de hojas cuarteadas y estrujadas amortiguan los andares presurosos de los que caminan dispuestos a no llegar tarde.

Ahora que las noches son frescas, muy frescas, el ruido de los pasos suena puntiagudo, amarillo limón como los gritos de las ratas acorraladas. En las calurosas noches de verano apenas puede escucharse, suena lejano y cansado, olvidado. Cualquier sonido lo oculta: el sstsstss ondulado de las cortinas de gasa roja revueltas por la brisa madrugadora, el rssrssr de la nevera mal cerrada, el trasclactras de la puerta del vecino que acaba de llegar.