Pasan de las doce de la noche. La niebla apenas deja ver las fachadas de la calle Libreros, ni la cara del dandy que acaba de pasar. La niebla humedece los músculos apelmazados y resecos después de recordar en El beso de Judas “el otro lado del jardín” que Wilde había querido conocer, Gide dixit.

Al sol del domingo, la niebla ha desaparecido. Un ‘gardel’ pálido, de cara afilada, barba rala y sombrero de compadre canta lo mismo La bien pagá que Mediterráneo o Volando voy, en la terraza del Novelty, acompañado a la guitarra por un moreno alargado, barba profusa y gafas estrechas de pasta negra en el más puro estilo de progre del 75, puesto al día por su melena de rastas antiglobalización. Un tipo todo ojos desenfundados, mirada demasiado fija, con pinta mezcla de escalador del Everest y vagabundo, no para de moverse bajo el soportal del Ayuntamiento: adelante y atrás, atrás y adelante, con pasos cortos y rítmicos se entrena para su próxima escalada. Los domingueros en sus sillas al sol aflojan sus monedas al cantante de voz aflamencada, antes de que la niebla borre sus huellas.