"Esta vez el agua era poca, sucia, y al ir a la cama, como en la noche anterior, le volvió a parecer que el agua la observaba; ahora era por entre hojas que no alcanzaban a nadar. (...) Tal vez por ero, cuando la señora Margarita estaba por dormirse, tuvo un presentimiento que no sabía si le venía de su alma o del fondo del agua. Pero sintió que alguien quería comunicarse con ella que había dejado un aviso en el agua, y por eso el agua insistía en mirar y en que la miraran. (...)

Apenas puso sus ojos sobre el agua se dio cuenta que por su mirada descendía un pensamiento. (Aquí la señora Margarita dijo estas mismas palabras: “un pensamiento confuso y como deshecho de tanto estrujarlo. Se empezó a hundir, lentamente, y lo dejé reposar. De él nacieron reflexiones que mis miradas extrajeron del agua y me llenaron los ojos y el alma. Entonces supe, por primera vez, que hay que cultivar los recuerdos en el agua, que el agua elabora lo que en ella se refleja y que recibe el pensamiento. En caso de desesperación no hay que entregar el cuerpo al agua; hay que entregar a ella el pensamiento; ella lo penetra y él nos cambia el sentido de la vida.” Fueron éstas, aproximadamente, sus palabras." Tales eran los pensamientos de Margarita en La Casa Inundada.

Décadas más tarde, el científico japonés Masaru Emoto, tras sus experimentos y miles de fotografías de gotas de agua congeladas llega a afirmar que el agua “no solo almacena información sino también sentimientos y conciencia, reaccionando a cualquier mensaje.” Los pensamientos, los sentimientos, la oración, las palabras, la música, influyen sobre la estructura molecular del agua.

Sin imaginarlo, el amigo Felisberto Hernández al crear este personaje taciturno y estrambótico que decide inundar la vieja casona en la que vive siguiendo los planos de un arquitecto de Sevilla, se estaba anticipando a las controvertidas teorías del científico japonés.