22 de febrero
La nieve ha dejado un cadáver de paloma en el patio de mi casa. Ayer tenía una armadura de hielo blanco, fría y brillante. Esta mañana todavía estaba allí con sus plumas grises, blancas y negras agitadas por el norte helador.

29 de febrero
Más nieve, más frío y más noches con sus siete días. La paloma permanece en el patio, rígida y helada como la muerte. Sus plumas cansadas ya no se dejan agitar por el viento. Dos pinzas de plástico verde velan su cadáver.

10 de marzo
Los días van consumiendo a la paloma —y van diecisiete—. Ha perdido esos 21 gramos y todo el peso del alma. Más enjuta y delgada, toda piel y plumas. Tan solo añadir una pinza rosa y un calcetín al velorio. Ni tan siquiera huele: el frío conserva los muertos.

14 de marzo
Con el sol llegaron los pájaros, pero solo los enanos del quinto se atrevieron. Jugaron al “dale que no se mueve” dejando un rastro de canicas, un “pin y pon” jardinero con su maceta, el espejo dorado de barbie-princesa, una goma roja... Aquella esquina del patio ha tomado el aspecto de un panteón. Nuevas pertenencias acompañan a la difunta.

La mujer
El golpe de la puerta al cerrarse, el correr del agua en la ducha, las agrias voces del marido, el llanto suave y delgado de la mujer, el jaleo de los niños en el patio no presagiaban nada bueno. Como todos los días abrí la ventana y busqué con afán aquella compañía pero la paloma ya no estaba allí, ni rastro. El hombre del primero arrasó con todo: las pinzas, el cadáver escuálido, las canicas, el espejo...


25 de noviembre, contra la violencia doméstica