Mi amiga, la Pitonisa, está muy preocupada desde el terremoto de Abruzos. “Otra señal. Y tan cerca la luna llena de primavera, algo va a pasar. Otro aviso. Nos vamos acercando al 2012“, decía sobresaltada. Pasó el jueves sin pena ni gloria. Hemos padecido el tradicional frío de pasión y unos regueros de “chuvia a enchentes“. Esto no es una señal de las estrellas ni del cambio climático, chata, más bien cumplir con la tradición.

Cada año que pasa la Pito temblequea más pensando que nos acercamos a la fecha fatídica en que termina el calendario maya (diciembre de 2012). “Coincide con un momento astronómico en que nuestro sistema solar pasará “cerca de un agujero negro lo que ocasionará graves alteraciones en nuestro planeta: terremotos, etc.” me explica con profusión exaltada. A su cóctel milenarista la Pito le añade de un tiempo a esta parte gotas generosas de crisis económica. Otro ingrediente convulsivo que la mantiene llena de incertidumbre y peores augurios, aparte de no perderse las páginas de economía.

“Niña“, me dice poniendo cara de visionaria experimentada, “la Salgado no solo necesita chubasquero, necesita la bola de cristal de Alaska, y que pasen tres añitos y medio. Ya verás, volveremos al campo como los chinos”. No puedo evitarlo observo mis macetas macilentas, la miro a ella con seriedad estupefacta y remato con esperanza: bueno, parece que el perejil se me va criando…