Emma B.El diario de una chica de provincias
Temas |
Se muestran los artículos pertenecientes al tema el mundo. mi viernesito querido![]() Gente al sol. Edward Hopper. ciudades, graffitis y palabras señales del destino.Monasterio de Santa María de Aguiar. Castelo Rodrigo. Portugal. ciudades, graffitis y palabrasEstoy en un tris de abandonar el club de fans de Milanzarote y pasarme al de Pepiño Blanco. Una infidelidad, lo sé pero tanta actividad frenética vacacional del pequeño mil homes me tiene sobrecogida. Lo mismo aparece en la plaza de toros de Pontevedra, donde es recibido por las peñas al grito de "Pepiño traenos o AVE" con ovación cerrada que deja boquiabierto y molesto al maestro en el ruedo, que se presenta en el concierto de Leonard Cohen con jersey salmón y sonrisa merengue bajo los castaños de Castrelos, que lanza el pregón de fiestas en Vilagarcía trajeado y con bronceado de la Illa de Arousa (Villa PSOE ¿recordáis niños queridos); o sale al paso del apagón veraniego de Barajas, o aclara con voz de señuelo los entresijos de los 400 € para los parados. Tanto ir y venir, tanta fiesta y evento estival, ¿cuándo descansa? ¿Qué busca? ¿Prepara su candidatura a la Xunta? ciudades, graffitis y palabras Avda. del Che Guevara. Oleiros. A Coruña. Hemos dejado a miss piernas a merced de los torrentes caudalosos del Paseo de la Estación, y nos hemos venido al sol. Misombra deslumbrada por tanto verde y azul, choca a cada paso con una piedra, un árbol, unha silveira, un macizo de gardenias o un campanario, resbala por la arena o tropieza con las dunas o se pierde en la rotonda del Che. Los arañazos y rasguños no la dejan dormir. Y cuando lo hace sueña con miss piernas convertida en sirena seduce a los bañistas en el Tormes. la niña del foroSin un mar en las ventanas pecamos en nuestras ciudades de tierra adentro. Cierto que entre las callejuelas oscuras y malolientes del Raval, entre las piedras del Borne no vemos el mar al fondo, pero su fragancia está incrustada entre el feldespato y el cuarzo, sus vahos penetran la piel venas adentro. Paseando por el Barrio Gótico, entre las bandadas de walkirias y nens locales, camino del museo Picasso de la exposición de Van Klees, cerca de la plaza de Sant Jaume, en el patio de una casona sede de algo como muy catalán, me encuentro con los restos del templo dedicado al emperador Augusto situado en el foro de Barcino. No hay nadie en el minúsculo recinto. La elegancia y grandeza de las tres columnas que se conservan me sorprende. Me asombra porque nunca había oído hablar de restos romanos en pleno Barrio Gótico, y porque ese patio sin gracia pudiese esconder al fondo a la derecha tal sorpresa. —Impresionante! Quien se lo iba a esperar. Aquí en cada rincón... Es lindo! ¿Verdad? — me pregunta con ojos incrédulos el ejecutivo, con pelo alborotado y canoso, y voz sudorosa que acaba de llegar. -Sí, la verdad. Es lo que menos me esperaba en este el laberinto de callejuelas. Medio perdida sin plano, ni guía tratando de llegar al museo Picasso y zas esto. ¿Un argentino?, sin acento... pero lo de lindo lo ha delatado. —Es lo que me gusta de España, de Europa.... Por la puerta del patio acaban de entrar un hombre rubio de unos 55 o 60 años de pasos lentos y expresión doblada como el que soporta un oscuro secreto que no puede revelar, con una pequeña de unos 12 años, de melena negra tiznada, delgaducha y desgarbada. Demasiado mayor para ser su padre pero demasiado joven para ser su abuelo. Una pareja rara. El hombre maravillado por las columnas se detiene para leer el cartel explicativo. La pequeña se sienta cerca de mí, y observa el suelo. Vuelve la cabeza y me mira. Sus ojos verdes acuosos son tristes, de una tristeza lejana y eterna. Su piel blanca y mortecina, como de enferma desahuciada me sobrecoge, los pelos de mis brazos se erizan. Recuerdo a la niña vampira de Déjame entrar, la película del sueco cuyas huellas pisotean mis sueños desde anteayer. El amor del niño acosado por sus compañeros de colegio y la niña de sexo mutilado que se alimenta de sangre en una Suecia de nieve cegadora es de una poética estremecedora. Esta niña con su vestido de soles y mariposas de colores tiene en sus ojos la misma tristeza inmortal que la niña vampira. Se acerca, me dice algo en no sé qué lengua y señala las columnas. El argentino se ha marchado. La pequeña continua con su manita enclenque señalando las columnas. Le doy mi mano y la acerco a la columna más grande. Su mano helada estremece mi cuerpo sudoroso. Nieve en mis venas. 25 de abril Grandola Vila Morena. Jose Afonso. 2008Enero: Cartita a los Magos de Oriente y primeras toses de la bolsa. El tándem oro-petróleo escalando. Por mi cumple, me regalaron la camiseta de "Soy la niña de Rajoy". Hablar de crisis económica es "puro catastrofismo". ZP gana las elecciones. Savater y Cía. obtienen más votos que el PNV. Comienza el mar de fondo en el PP. En un arrebato de infiernos primaverales, un hombre mata a su madre y pasea con su cabeza envuelta en una camiseta por las calles de Murcia. "No. Es mejor comerse el corazón primero. Así no se siente tanto el frío, ni el dolor... Es el corazón el que nos traiciona, el que nos hace llorar, el que nos hace enterrar a nuestros amigos cuando deberíamos seguir adelante.... Para sobrevivir al invierno bajo cero y aquella guerra, hicimos una pira con nuestros corazones y los dejamos a un lado para siempre. No hay casas de empeños para el corazón. No se le puede llevar allí, dejarlo envuelto en un trapo limpio y rescatarlo cuando vengan tiempos mejores.” La Pasión. Jeannette Winterson. Eclipse de sol siglo XXI, ni los cielos se abrieron, ni los valles temblaron, la web de la Politécnica colapsada. Todo comenzó más allá de Finisterre, por culpa de unas hipotecas basura muy contagiosas que se propagaron como la peste. El euro subía y subía. El petróleo se disparó hasta 150 dólares el barril —ha vuelto a 39 dólares—. Se desataron los nervios. El Estado, salvador del sistema financiero. Y ZP encandilado con el "savoir faire" de Obama. Un mileurista necesita 30 años para pagar una hipoteca de un piso de 32 metros cuadrados. Las luces me recuerdan donde estoy. El temblor del deseo bajo la escarcha a ciento cuarenta por hora. Un camión lituano, otro camión portugués, un zorro plateado. Luces fugaces que ignoran los deseos de los amantes. La llanura negra de tus ojos más allá de las barreras de la autovía. El gran pufo millonario de Madoff en Wall Street. Afuera, el silencio a siete grados bajo cero y 76 mujeres muertas. Queridos Reyes Magos... córdoba, góngora, salamanca![]() Llevo un año que..., para empaquetar o casi mejor envasar al vacío para que no escape nada y dejarlo bien arrinconado en la cajita de Heidemarie dando vueltas al planeta ad infinitum. Voy a Córdoba y no sólo ni un rayito de sol por poniente o naciente, sino que llueve sin parar todo un día en plan Santiago de Compostela. En fin... Los naranjos pingando, el Guadalquivir color beig y los patios con olor a humedad y piedra mojada igualito que la plaza de Platerías. A última hora, un joven taxista de patillas estilizadas y voz cantarina nos cuenta la historia de Córdoba a toda pastilla en los diez minutos del trayecto de la mezquita a la estación del AVE. Desde el esplendor de los tiempos de Roma, oculto bajo las calles empedradas; el saber de Séneca; las poetisas árabes; la belleza de las mujeres cordobesas —resultado de las guapas mujeres persas o de Damasco, traídas para los harenes de los omeyas, y las hijas de los reyes de Navarra casadas con príncipes omeyas—; los conocimientos y nobleza de la dinastía omeya; la mala sangre de Almanzor; la grandeza de Góngora —quien, por cierto, estudió en Salamanca—, de quién los cordobeses han heredado el graciejo y el punto satírico; a la pintura de Julio Romero de Torres. Varias enciclopedias en una carrera de siete euros. “Vuela, pensamiento, y diles Luis de Góngora Y como tengo el día juguetón, a pesar de ser un lunes frío, lluvioso y desapacible, esta otra letrilla –mi favorita-: "Quien quiere un juguete Que ni hiere, ni mata, Luis de Góngora. saudadeTras unas semanas de cloroformo y pereza, aquí estoy en la costa atlántica. Me gusta el mar en otoño. Olas marchitas y sol poniente. Las algas invaden la orilla. El mar ya no borra los pasos de los amantes sobre la arena. los díasEl jardín tiene dos limoneros, varios manzanos chatos con ramas que rozan la hierba, un peral de cargado de miniperas tostadas por el sol, un ciruelo retorcido y manco, sin hojas ni ciruelas. El cerezo ajado y somnoliento ha conocido épocas mejores. Un año más nos ha dejado sin cerezas. El viejo naranjo alto y desgarbado, todavía cargado de naranjas. Cerca de la camelia, un rosal de flor solitaria soporta como puede la compañía de los pulgones.
eclipse del siglo XXINi los cielos se abrieron, ni los valles temblaron, sino que la web de la Universidad Politécnica de Madrid se colapsó a resultas de tanto ocioso forofo de eventos estelares. fulghafenFulghafen München, Daglfing, Hauptahnhof, Theresienwiese. Prielmayer str., Königs platz, Elisen str., Neptun brunnen, Luisen str., hoepker![]()
Germany. Berlín Oeste. 1963. Un hombre hace fotos a sus hijos en el muro de Berlín cerca de Bernauer Strasse. (Buscando personajes de Munich acabo de descubrir a este estupendo fotógrafo) el océano, al surLo bueno de volar es que puedes ver las nubes al revés; el sol siempre brilla varios miles de pies más arriba. Lo malo es que el avión va atestado –como varios miles te has acordado de la cancioncilla de “Tenerife tiene seguro de sol”—, sólo sirven gratis el vaso de agua; una caterva de infantes de todas las edades no para de gritar, llorar, reír, preguntar; y a los que miden más de un metro setenta las piernas le chocan contra el asiento delantero. Desde la ventana atlántica de la habitación no hueles un mar que se deshace, a lo lejos, en dentelladas de espuma rizada. Las palmeras, las tulipas, el jacarandá, las buganvillas, las adelfas del camino quiebran el aire pero, tampoco, las hueles. Olisqueas el azahar de los naranjos y los bosques de musgo y eucaliptos. La arena de la playa huele a mojado. Las pieles se tienden al sol lejos de capirotes, soledades, azucenas, lirios morados, claveles reventones, nazarenos, palios, cera, nubarrones, nieve y madrugadas gélidas. El océano es un estado de ánimo que se infiltra. Ch Baudelaire 6 de febrero
feliz año, niños queridos! año nuevo, vida nueva... el viajeEl viento sacude las hojas amarillas de los castaños en Puebla de Sanabria. La niebla se encoge tras los cristales del autobús, una radio grita adentro. Los pinos reverdecen la luz del atardecer. Una chica de ojos pequeños y voz perfumada no deja de hablar por el teléfono móvil. Los viajeros dormitan sin hablarse. La luna despierta la noche, el olor del mar del Oeste atraviesa los cristales. “Solamente silencio a lo largo del camino. El cuerpo de un chico en el suelo. Un hombre arrodillado. Hasta las últimas luces del día”. espejismos
“En los pueblos fronterizos miran el paso de los trenes, las rutas desiertas de Tozeur”, dice Battiato en su canción. Cerca de la frontera con Argelia y de las estribaciones del Atlas, pedregosas, resecas , asfixiantes, duras, la vieja Thusurus romana respira aliviada gracias al gran oasis de mil hectáreas y doscientas mil palmeras que dan sombra y humedad a las granadas, jazmines, tomates o plataneras que crecen entre palmera y palmera. Ya no volveremos a encontrar otra colina verde hasta Douz. En medio el gran eufemismo del lago salado: Chott el Jerid, en el que casi toda el agua se ha evaporado después de un largo y cálido verano. Un desierto salino en esta época otoñal, tan sólo quedan algunas charcas de múltiples colores: rosas, azules, rojas o grises, según la densidad y composición del agua; charcas de bordes blanquecinos o grises en esta vasta y estéril estepa de un blanco nevado que choca con el calor sofocante del ambiente. Aquí no hay el frío helador de la tundra rusa deslumbrante bajo el sol; aquí la llanura es de un blanco nieve, con reflejos violáceos o plateados, la luz cegadora del sol de la tarde se refleja en demasiados cristales del sal, un viento húmedo y denso, cargado de polvo del desierto ahoga la garganta, la neblina en el horizonte difumina el abismo entre el cielo y la tierra. Las gaviotas apiñadas sobre los acantilados escuchan el batir de las olas. A los lejos, los espejismos. cartagoEs necesaria una buena dosis de imaginación para reconocer en todos esos restos trasquilados, limados por el sol y rayados por el viento, a la ciudad de astutos comerciantes y emprendedores navegantes que llegó a contar con 400.000 habitantes, en sus momentos de máximo esplendor, y que mantuvo en jaque a Roma durante una buena temporadita. “El palacio se iluminó de pronto en la terraza más alta, la puerta del medio se abrió y una mujer, la misma hija de Amílcar, cubierta de ropas negras, apareció en el umbral... Su cabellera, empolvada con una arena violeta y recogida en forma de torres según la moda de las vírgenes cananeas, la hacía parecer más alta. Trenzas de perlas atadas a las sienes le descendían hasta los extremos de la boca, rosa como una granada entreabierta. Lucía en el pecho un juego de piedras preciosa, que imitaban, por su abigarramiento, las escamas de una morena. Los brazos adornados con diamantes, le salían desnudos de la túnica sin mangas, estrellada con flores rojas sobre un fondo completamente negro. Llevaba entre los tobillos una cadenilla de oro para regularle los andares y su gran capa de púrpura oscuro, cortada de un tejido desconocido, arrastraba detrás de ella, formando a cada paso una gran ola que la seguía.” “Salammbó estaba invadida por una flaqueza en la que perdía toda conciencia de sí misma. Algo a la vez íntimo y superior, una orden de los dioses, la forzaba a abandonarse a ella, unas nubes la levantaba y, desfalleciendo, se echó sobre la cama en la melena de león. Matho le agarró los talones, la cadenita de oro se partió y los dos extremos, al volar golpearon la tela como dos víboras que rebotaban. El zaimph cayó, la envolvía; vislumbró el rostro de Matho que se le inclinaba sobre el pecho. Salammbó. Gustave Flaubert. las invasiones bárbaras![]()
sousse![]() El balcón de mi terraza es blanco, opaco, rugoso. En el jardín, al borde de la playa, un ciruelo. La tapia es blanca, las terrazas son blancas. El sol acaba de salir por la esquina del golfo. El mar todavía duerme, azulado, en acompasados suspiros. Suena lejana la plegaria desde el minarete de la mezquita de piedra dorada. Las palmeras aplauden. ¿Y las gaviotas? ¿Dónde están las gaviotas? llanuras de aceroEra un día pálido, azulado y nervioso. Todavía las diez, la maleta medio vacía y la tercera llamada de la mañana volvía a sonar. Camisas de lino, pantalones de algodón, el salacot y el rifle, las gafas de sol, mi sombrerito de paja, el abanico y la brújula. ¡Ah! imprescindible, la bolsa repleta de monedas si uno viaja al país de los hábiles mercaderes con un zoco en cada aldea. La tecnología se rebeló en Barajas, y el personal de tierra afiló el lápiz y se ajustó los manguitos antes de comenzar el embarque a mano como treinta años atrás. Con un retraso de horas y un cielo agujereado, la bolsita de dátiles regalo de Tunis Air fue la primera miel del viaje. El viento cálido y salado del mediterráneo retorcía las hojas de las palmeras, mi piel respiraba bajo las estrellas. “Los árabes comparan a Túnez con un albornoz desplegado, y esta comparación es exacta. La ciudad se extiende en la llanura, ligeramente levantada por las ondulaciones de la tierra, que hacen sobresalir por espacios los bordes de esta gran mancha de casas pálidas de donde surgen las cúpulas de las mezquitas y los campanarios de los minaretes. Apenas si se distingue, apenas si se imagina uno que aquello sean casas, tan compacta, continua y rampante es aquella placa blanca. En torno de ella hay tres lagos que, bajo el durísimo sol de Oriente, brillan como llanuras de acero. Al Norte, a lo lejos, la Sebkra-er-Bouan; al Oeste la Sebkra-Seldjoum, vista por encima de la ciudad; al Sur, el gran lago Bahjira o lago de Túnez; luego, subiendo hasta el Norte, la mar, el golfo profundo, semejante a un lago en su lejano marco de montañas.” Túnez – Guy de Maupassant Siglo y medio después, Túnez asombra no por sus casas pálidas sino por las manadas humeantes de coches y por el enjambre de antenas parabólicas que abarrotan las terrazas y cuelgan de sus balcones. De los acerados lagos que la rodeaban ni rastro. |