Emma B.El diario de una chica de provincias
Temas |
Se muestran los artículos pertenecientes al tema el mundo. 25/06/2008fulghafenFulghafen München, Daglfing, Hauptahnhof, Theresienwiese. Prielmayer str., Königs platz, Elisen str., Neptun brunnen, Luisen str., 16/06/2008hoepker![]()
Germany. Berlín Oeste. 1963. Un hombre hace fotos a sus hijos en el muro de Berlín cerca de Bernauer Strasse. (Buscando personajes de Munich acabo de descubrir a este estupendo fotógrafo) 24/03/2008el océano, al surLo bueno de volar es que puedes ver las nubes al revés; el sol siempre brilla varios miles de pies más arriba. Lo malo es que el avión va atestado –como varios miles te has acordado de la cancioncilla de “Tenerife tiene seguro de sol”—, sólo sirven gratis el vaso de agua; una caterva de infantes de todas las edades no para de gritar, llorar, reír, preguntar; y a los que miden más de un metro setenta las piernas le chocan contra el asiento delantero. Desde la ventana atlántica de la habitación no hueles un mar que se deshace, a lo lejos, en dentelladas de espuma rizada. Las palmeras, las tulipas, el jacarandá, las buganvillas, las adelfas del camino quiebran el aire pero, tampoco, las hueles. Olisqueas el azahar de los naranjos y los bosques de musgo y eucaliptos. La arena de la playa huele a mojado. Las pieles se tienden al sol lejos de capirotes, soledades, azucenas, lirios morados, claveles reventones, nazarenos, palios, cera, nubarrones, nieve y madrugadas gélidas. El océano es un estado de ánimo que se infiltra. Ch Baudelaire 06/02/20086 de febrero
31/12/2007feliz año, niños queridos! año nuevo, vida nueva... 29/11/2007el viajeEl viento sacude las hojas amarillas de los castaños en Puebla de Sanabria. La niebla se encoge tras los cristales del autobús, una radio grita adentro. Los pinos reverdecen la luz del atardecer. Una chica de ojos pequeños y voz perfumada no deja de hablar por el teléfono móvil. Los viajeros dormitan sin hablarse. La luna despierta la noche, el olor del mar del Oeste atraviesa los cristales. “Solamente silencio a lo largo del camino. El cuerpo de un chico en el suelo. Un hombre arrodillado. Hasta las últimas luces del día”. 13/10/2007espejismos
“En los pueblos fronterizos miran el paso de los trenes, las rutas desiertas de Tozeur”, dice Battiato en su canción. Cerca de la frontera con Argelia y de las estribaciones del Atlas, pedregosas, resecas , asfixiantes, duras, la vieja Thusurus romana respira aliviada gracias al gran oasis de mil hectáreas y doscientas mil palmeras que dan sombra y humedad a las granadas, jazmines, tomates o plataneras que crecen entre palmera y palmera. Ya no volveremos a encontrar otra colina verde hasta Douz. En medio el gran eufemismo del lago salado: Chott el Jerid, en el que casi toda el agua se ha evaporado después de un largo y cálido verano. Un desierto salino en esta época otoñal, tan sólo quedan algunas charcas de múltiples colores: rosas, azules, rojas o grises, según la densidad y composición del agua; charcas de bordes blanquecinos o grises en esta vasta y estéril estepa de un blanco nevado que choca con el calor sofocante del ambiente. Aquí no hay el frío helador de la tundra rusa deslumbrante bajo el sol; aquí la llanura es de un blanco nieve, con reflejos violáceos o plateados, la luz cegadora del sol de la tarde se refleja en demasiados cristales del sal, un viento húmedo y denso, cargado de polvo del desierto ahoga la garganta, la neblina en el horizonte difumina el abismo entre el cielo y la tierra. Las gaviotas apiñadas sobre los acantilados escuchan el batir de las olas. A los lejos, los espejismos. 08/10/2007cartagoEs necesaria una buena dosis de imaginación para reconocer en todos esos restos trasquilados, limados por el sol y rayados por el viento, a la ciudad de astutos comerciantes y emprendedores navegantes que llegó a contar con 400.000 habitantes, en sus momentos de máximo esplendor, y que mantuvo en jaque a Roma durante una buena temporadita. “El palacio se iluminó de pronto en la terraza más alta, la puerta del medio se abrió y una mujer, la misma hija de Amílcar, cubierta de ropas negras, apareció en el umbral... Su cabellera, empolvada con una arena violeta y recogida en forma de torres según la moda de las vírgenes cananeas, la hacía parecer más alta. Trenzas de perlas atadas a las sienes le descendían hasta los extremos de la boca, rosa como una granada entreabierta. Lucía en el pecho un juego de piedras preciosa, que imitaban, por su abigarramiento, las escamas de una morena. Los brazos adornados con diamantes, le salían desnudos de la túnica sin mangas, estrellada con flores rojas sobre un fondo completamente negro. Llevaba entre los tobillos una cadenilla de oro para regularle los andares y su gran capa de púrpura oscuro, cortada de un tejido desconocido, arrastraba detrás de ella, formando a cada paso una gran ola que la seguía.” “Salammbó estaba invadida por una flaqueza en la que perdía toda conciencia de sí misma. Algo a la vez íntimo y superior, una orden de los dioses, la forzaba a abandonarse a ella, unas nubes la levantaba y, desfalleciendo, se echó sobre la cama en la melena de león. Matho le agarró los talones, la cadenita de oro se partió y los dos extremos, al volar golpearon la tela como dos víboras que rebotaban. El zaimph cayó, la envolvía; vislumbró el rostro de Matho que se le inclinaba sobre el pecho. Salammbó. Gustave Flaubert. 06/10/2007las invasiones bárbaras![]()
04/10/2007sousse![]() El balcón de mi terraza es blanco, opaco, rugoso. En el jardín, al borde de la playa, un ciruelo. La tapia es blanca, las terrazas son blancas. El sol acaba de salir por la esquina del golfo. El mar todavía duerme, azulado, en acompasados suspiros. Suena lejana la plegaria desde el minarete de la mezquita de piedra dorada. Las palmeras aplauden. ¿Y las gaviotas? ¿Dónde están las gaviotas? 01/10/2007llanuras de aceroEra un día pálido, azulado y nervioso. Todavía las diez, la maleta medio vacía y la tercera llamada de la mañana volvía a sonar. Camisas de lino, pantalones de algodón, el salacot y el rifle, las gafas de sol, mi sombrerito de paja, el abanico y la brújula. ¡Ah! imprescindible, la bolsa repleta de monedas si uno viaja al país de los hábiles mercaderes con un zoco en cada aldea. La tecnología se rebeló en Barajas, y el personal de tierra afiló el lápiz y se ajustó los manguitos antes de comenzar el embarque a mano como treinta años atrás. Con un retraso de horas y un cielo agujereado, la bolsita de dátiles regalo de Tunis Air fue la primera miel del viaje. El viento cálido y salado del mediterráneo retorcía las hojas de las palmeras, mi piel respiraba bajo las estrellas. “Los árabes comparan a Túnez con un albornoz desplegado, y esta comparación es exacta. La ciudad se extiende en la llanura, ligeramente levantada por las ondulaciones de la tierra, que hacen sobresalir por espacios los bordes de esta gran mancha de casas pálidas de donde surgen las cúpulas de las mezquitas y los campanarios de los minaretes. Apenas si se distingue, apenas si se imagina uno que aquello sean casas, tan compacta, continua y rampante es aquella placa blanca. En torno de ella hay tres lagos que, bajo el durísimo sol de Oriente, brillan como llanuras de acero. Al Norte, a lo lejos, la Sebkra-er-Bouan; al Oeste la Sebkra-Seldjoum, vista por encima de la ciudad; al Sur, el gran lago Bahjira o lago de Túnez; luego, subiendo hasta el Norte, la mar, el golfo profundo, semejante a un lago en su lejano marco de montañas.” Túnez – Guy de Maupassant Siglo y medio después, Túnez asombra no por sus casas pálidas sino por las manadas humeantes de coches y por el enjambre de antenas parabólicas que abarrotan las terrazas y cuelgan de sus balcones. De los acerados lagos que la rodeaban ni rastro. |