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Emma B. El diario de una chica de provincias

delicias con escarcha

a caballo

“Conference des chevaux”

Compañía Generik Vapeur

Plaza Mayor, 23 h.

Pegaso sobrevuela las cabezas apiñadas compitiendo en destreza con el bimotor del Barón Rojo.

Un hombre a caballo abre a paso a la manada de yeguas bípedas y senos aireados.

Un flamenco desgarra los lamentos a golpe de yunque.

La sirena colea malherida sobre un mar de piedra.

La rueda del tiempo muele los amasijos de hierros entre fragancias de gasas.

sirenas de río

sirenas de río

“Archipiélago del Tormes”

Cía. Ilotopie

Río Tormes, 22:30 h.


Neptuno seduce a la sirena del Tormes bajo la última luna llena de la primavera, mientras navega en la góndola de gárgolas de fuego.

Un viejo utilitario arrastra la caravana en un paseo dominguero por atajos acuáticos entre las dos orillas abarrotadas de juncos.

La giganta de Baudelaire luce corpiño y falda rojo carmesí, sobre su mejor miriñaque, en su caminar doliente sobre las aguas.


vigilancia electrónica

“Super Vision”

Compañía The Builders Association

El Liceo, 20:30 h.


Dos pantallas crean un escenario virtual en el que los actores se desenvuelven, y en el que se entrecruzan tres historias: un businessman comprueba en sucesivos controles de los aeropuertos que su identidad es transparente gracias a sus tarjetas electrónicas; una joven archiva en formato digital todo el pasado de su abuela que pierde la memoria, y un padre explota los datos de su hijo de nueve años para crear un fraude de miles de dólares.

“Tras el 11S, en nuestra vida cotidiana hemos llegado a aceptar, permitir e incluso alentar esta nueva forma de vigilancia, así como sus constantes incursiones en nuestro ámbito particular. ¿Qué fuerzas alientan nuestra permisividad y compromiso en el proceso de exposición de nuestros datos, y cuáles serán los resultados de este proceso?” Marianne Weems.


chttss!

“El silencio”
Cia. Pippo Delbono
El Liceo, 20 h.

El silencio camina a mi lado dos pasos más allá abrazado a mi sombra. El silencio cuelga de mis orejas prendido en los zarcillos de plata. El silencio duerme de luto entre los pliegues de la falda. El silencio pinta de carmín los labios sellados. El silencio desata los murmullos de los adentros. El silencio de los sordos.

lilas

lilas

Hoy es un día blanco. Esta mañana, la vecina, una jubilada rubia, de lengua afilada y manos ruidosas, me ha regalado un ramo de lilas blancas, perfumadas con olor a jueves de abril.

"Quand je vais chez la fleuriste
Je n’achèt’ que des lilas
Si ma chanson chante triste
C’est que l’amour n’est plus là"

Esta tarde el estanquero de los cigarros que casi no fumo, un moreno de nariz judía y ojos de treinta y tantos, me ha regalado un par de kits japoneses para comer: palillos de cerezo, mantel bordado, servilleta y posatacitas de té.

"Dieu est un fumeur de havanes
Tout près de toi, loin de lui
J’aimerais te garder toute ma vie
Comprends-moi ma chérie

Tu n’es qu’un fumeur de gitanes
Et la dernière je veux
La voir briller au fond de mes yeux
Aime-moi nom de Dieu"

Ahora, sólo me queda colarme en el traje chino de seda negra, estampado con dragones verdes, cerezos en flor y puentes de madera; prender las lilas en el pelo, y seducir al moreno rapado de labios de faraón, en la casa de la luna del té de agosto.

vanguardias rusas

vanguardias rusas

Era la primera tormenta del año, los truenos la delataron, y el granizo cubrió de blanco en pocos minutos la plaza de la Guardia de Corps, y el recién estrenado busto de Dña. Clara Campoamor —con un tamaño más de cabezudo de procesión que de un bronce para jardín de capital—. Esto era el sábado a primera hora de la tarde, pero el lunes el calor y el sol relampagueaban con fuerza y sorpresa para todos los madrileños.

Entre una y otra estampas pasaron horas de imágenes abstractas, en la oscuridad programada de las luces que solo iluminaban los radiantes objetos memoria de una revolución fracasada: el desarrollo virtual del monumento de Tatlin a la III Internacional, los carteles panfletarios para el proletariado ruso, o los cuadros en blanco y negro, declaración programática del suprematismo de Malevich: el Cuadrado negro, el Círculo negro y la Cruz negra.

Bajo los círculos y los triángulos de madera de melocotonero, enroscados y encajados, círculos dentro círculos, de Ródchenko, la melancolía, que rodaba diez pasos más allá entre los colores planos de Popova: rojo sangriento, un amarillo de trigos requemados de la estepa rusa y el negro del silencio, vuelve y me rodea entre las sombras constructivistas de los cuadrados dentro de cuadrados, y el Negro sobre negro.

Recobrada la nostalgia en otra vuelta entre las sombras, todo parecía perdido, sin embargo, algunos kilómetros más allá, el colorido poético y fantasioso de la Rusia imaginaria de Kandinsky y Chagall, o las formas vanguardistas del juego de té de Suetin, destilaban la energía vibrante de la luz primitiva e ingenua confinando al destierro la morriña latente en las válvulas del corazón.

Y en el último piso, alejadas del bullicio entre el silencio oscuro y los marcos de madera, me esperaba la gran sorpresa de la exposición: la fotografía. Allí estaban: El bodegón con Leika, las fotos de engranajes y piezas de máquinas, el retrato del pionero o los pinos tomados en picado de abajo arriba, y como no los retratos de Maiakovski. De pie con gabardina y sombrero, de frente con los ojos a punto de estallar, o con el cigarro en la comisura de los labios, a punto de caerse, y ojos de gallego desconfiado que desafían a la cámara de Ródchenko, en una pose tan bien imitada por un señor de Lalín.

sin palabras

Esta semana las palabras se escaparon sin permiso. Buscaba entre las líneas en blanco de mi cuaderno azul, dentro de la caja de las medicinas -tal vez atacadas por algún virus de moda estuviesen en plena convalecencia entre los prospectos del Paracetamol o las indicaciones del Espidifen-. Bajé los viejos cuadernos del altillo del armario, y escudriñaba entre la memoria de las oraciones y vocablos. Husmeaba debajo de la almohada..., ¡nunca se sabe! estas mujeres se atacan de los nervios y luego se les pegan las sábanas, pero no, el insomnio no había pasado por aquí. Muda y taciturna trabajaba todos los días, charlaba con voz de otros días sin tener nada que decir. Rastreaba entre las huellas de los mirones de la plaza. Sin palabras entre los árboles de la plaza de los Bandos daba vueltas entre las losetas de piedra pisoteada, indagaba entre las letras sangre de toro del patio de Anaya, rebuscaba en las estanterías de Las Conchas, y entre el crujir de la madera y las voces de los poetas encontré a los autores:
"Tenía una especie de sed que nunca se saciaba. En su rostro, sus movimientos, su voz, había algo que reflejaba su sed. [...] Y todavía parece sediento. (Existe una expresión que verdaderamente ilustra la sed de Ben Hur: “abrasado de sed” [Is 5:13].)
¿Sediento de qué? Ojalá lo supiera.
Gente como ésa quizás esté condenada a vagar durante toda su vida por un desierto interior, entre áridas dunas amarillentas, arenas movedizas, soledad. Muchas aguas no lo apagarán, ni lo bañarán los ríos. Como cuando era niño, ahora todavía siento cierta fascinación por esa clase de personas, pero con el paso de los años he aprendido a intentar cuidarme de ellas. O no de ellas, sino de mi fascinación por ellas." Una pantera en el sótano. Amos Oz.

"Quien quiere un juguete
No lo vendo por travieso
ni porque a nadie ofende
es alegre y juguetón
y por las niñas se pierde
Niñas, guardaos de enojarle
que vive dios que arremete
y cuando estéis más seguras
por vuestro postigos entre.

Que ni hiere, ni mata,
ni pica, ni muerde.

Es alegre a todas horas
y amanece o no amanece
hay vecina que daría
cuanto tiene por tenerle.
Porque le conoce ya
y porque son más de siete
las noches que por pecar
ha amanecido a la muerte.

Que ni hiere, ni mata,
Ni pica, ni muerde.

Es su condición tan noble
que cuanto más furia tiene
las niñas juegan con él
al juego del esconderse
a mí me daba Juanilla
la esposa de Antón Llorente
una hora de descanso
por un palmo del juguete."
Luis de Góngora.


horizonte helado

horizonte helado


“Es una noche de invierno.
Cae la nieve en remolinos.”

“La vieja mira al campo, cual si oyera
pasos sobre la nieve. Nadie pasa.
Desierta la vecina carretera,
desierto el campo en torno de la casa.”

“Es una noche de invierno.
Azota el viento las ramas
de los álamos. La nieve
ha puesto la tierra blanca.
Bajo la nevada, un hombre
por el camino cabalga;”

“El cierzo corre por el campo yerto,
alborotando en blancos torbellinos
la nieve silenciosa.

La nieve sobre el campo y los caminos,
cayendo está como sobre una fosa.”

“Nadie elige su amor. Llevóme un día
mi destino a los grises calvijares
donde ahuyenta al caer la nieve fría
las sombras de los muertos encinares.”

“sobre la tierra fría la nieve silenciosa!...”

Antonio Machado

cry, cry, cry

cry, cry, cry

La mirada sobrevuela los tejados grises en una tarde de nubes bajas, melancolía y alambradas hasta el borde de los cielos. Los acordes lejanos de la guitarra y el bajo caldean mi pie izquierdo inquieto bajo el pantalón de franela negra. Las nubes retorcidas y punzantes, sin rumbo entre los enjambres de alambres de espino detienen el tiempo en esta lluviosa tarde de invierno: I walk the line. Veloz como el tren de Jackson y limpia como un grito en los campos de algodón de Arkansas la mirada se acerca al perfil mustio y sin fisuras del guardián en la torreta de vigilancia que con calma y precisión gira su cabeza y su rifle hacia los patios de Folsom: The man comes around. Los acordes cada vez más altos se mezclan con los gritos, las palmas y los deseos locuaces de los reclusos uniformados de un azul sin pizca de cielo. Tengo la pantalla a tan sólo unos pasos y sus imágenes son mi retina. Las oscuridad de la sala no deja lugar a los susprios y desde la butaca rosa, hundida y algo desvencijada, un fugaz viaje en el tiempo me abandona entre un cargamento de hombres ruidosos y expectantes. La música y las voces, el ritmo encendido y cargado de los pasos sin salida de los hombres enjaulados cortan el ambiente en la habitación gallinero entre las miradas y los rifles de los hombres del alcaide. La hoja asesina de dientes redondos de una sierra de carpintero nos asalta en un primer plano al compás de los acordes de la melodía que no cesa, cada vez más inquieta como las manos y los pies de los reclusos de Folsom: Folsom prison blues. El hombre de negro encorva su torso y con los ojos fijos en los dientes de sierra recuerda su infancia, a su hermano Jack, los cantos religiosos de su madre y la amargura bañada en alcohol de su padre. Es el primer concierto de Johnny, también su primera grabación después de una temporada en los infiernos, y June, la de Ring of fire, está con él, y Cash ha querido que fuese en esa prisión de máxima seguridad — después sería San Quentin— en homenaje y recuerdo a todos los presos que le han escrito y le ayudaron a recuperar el aliento tras la quema. Radiante y pletórico, The man in black sube a escena y, desafiando los consejos del alcaide, recuerda a los hombres de azul que son reclusos, les enseña con desprecio el vaso con el maloliente agua del penal, la arroja al suelo y comienza el concierto con el Cocaine Blues con June a su lado, siempre a su lado, hasta el final. JC murió el 23 de septiembre de 2003, unos meses antes había muerto June.
Durante más de dos horas "En la cuerda floja", del director James Mangold nos atrapa en la vida y las canciones del señor Cash, genialmente interpretado por el señorito Joaquin Phoenix, y en su tortuoso y largo amor por la señora June Carter, que borda la actriz Reese Whiterspoon.

carta y besos

"Flor señora: Si los caminos de Dios con insoldables, no lo son menos los que yo me encargo de transitar en esta tierra. Aquí estoy, a pocas horas de llegar a las famosas factorías de las que nos habló el chofer que pasaba con ganado del Llano, y no sé sobre ellas mucho más de lo que nos contó esa noche de confidencias y ron, allá, en La Nieve del Almirante, que, dicho sea de paso, es donde quisiera estar y no aquí. […] que es un río con más caprichos, resabios y humores encontrados que los que usted saca a relucir cuando el páramo se cierra y llueve todo el día y toda la noche y hasta las cobijas parecen empapadas. La otra noche soñé con usted, y no es cosa de que le cuente de qué se trataba, porque tendría que ponerla en antecedente sobre algunos personajes del sueño que le son desconocidos, y eso daría para muchas páginas. […] Pero, volviendo al sueño, es bueno que le adelante que en él o, mejor, a través de él he llegado a darme cuenta de la importancia cada día más grande que usted tiene en mi vida y la forma como su cuerpo y su genio, no siempre manso, presiden los accidentes de aquélla y la ruina en que ésta suele refugiarse cuando estoy harto de andanzas y sorpresas. Claro que a estas horas, esto no debe ser ninguna novedad para usted. Conozco sus talentos de adivina y de hermética pitonisa. Por eso, ni siquiera me demoro en relatarle en detalle cómo me hace falta, en esta hamaca, sentir el desorden de su cuerpo y oírla bramar en el amor como si se la estuviera tragando un remolino. […] Porque creo que, desde La Nieve del Almirante, usted ha ido tejiendo, construyendo, levantando todo el paisaje que la rodea. Muchas veces he tenido la certeza de que usted llama a la niebla, usted la espanta, usted teje los líquenes gigantes que cuelgan de los cámbulos y usted rige el curso de las cascadas que parecen brotar del fondo de las rocas y caen entre helechos y musgos de los más sorprendentes colores: desde el cobrizo intenso hasta ese verde tierno que parece proyectar su propia luz. Como ha sido tan poco lo que hemos hablado, a pesar del tiempo que llevamos juntos, estas cosas tal vez le parezcan una novedad, cuando, en realidad, fueron las que me decidieron a permanecer en su tienda con el pretexto de curarme la pierna. […] No tengo mucho talento para escribir a alguien que, como usted, llevo tan adentro y dispone con tanto poder hasta de los más escondidos rincones y repliegues de este Gaviero que, de haberla encontrado mucho antes en la vida, no habría rodado tanto, ni visto tanta tierra con tan poco provecho como escasa enseñanza. Más se aprende al lado de una mujer de sus cualidades, que trasegando caminos y liándose con las gentes cuyo trato sólo deja la triste secuela de su desorden y las pequeñas miserias de su ambición, medida de su risible codicia. Pues el motivo de estas líneas ha sido, únicamente, hablarle un rato para descansar mi ansiedad y alimentar mi esperanza, hasta aquí llego y le digo hasta pronto, cuando de nuevo nos reunamos en La Nieve del Almirante y tomemos café en el corredor de enfrente, viendo venir la niebla y oyendo los camiones que suben forzando sus motores y cuyo dueño podremos identificar por la forma como cambia las marchas. No es esto todo lo que quería decirle. Ni tan siquiera he comenzado. Lo cual, desde luego, no importa. Con usted no es necesario decir las cosas porque ya las sabe desde antes, desde siempre. Muchos besos y toda la nostalgia de quien la extraña mucho."

La Nieve del Almirante. Álvaro Mutis.

Ella atrapó al vuelo uno de aquellos besos voladores y lo escondió en su achacoso corazoncito. El más húmedo lo colocó tras su oreja izquierda, las cosquillas y el frescor acariciarían su cuello. Los más pequeños envolvieron sus pechos desnudos. Los perdidos se refugiaron en los pies blancos envueltos en la niebla. Los olvidados la arropan y mecen sus sueños. Y enterró los besos robados en el fondo de su alma cual perro callejero.

lo siento, guapa, pero...

Lo siento, guapa, pero te falta estilo, gracia en el baile, poesía y cabecita. Te sobra histrionismo, palabrería de graciosa de pueblo, y ese discurso reviejo de soltera. Es cierto, lo reconozco, doña Carmen París, tiene una voz potente y de hondo calado; daría una excelente intérprete folk-jotera, o de ritmos étnicos –si ella lo prefiere-, o incluso de hondo dramatismo, pero ese barullo en el que se ha metido de cantar y componer la desborda y nos aburre. Uno no puede recorrer los mundos con un repertorio de letrillas que le habrán servido de terapia personal –lo repitió varias veces en la noche-, porque eso no son canciones, valen como desahogos de “mi diario” o de blog exhibicionista, puestas a ser tecnológicas y precisar de la exhibición –como la que suscribe y otros miles en la red- pero no para un espectáculo artístico. La mejor: “Ave del paraíso” de Javier Ruibal, y más lejos su canción a ritmo candombe uruguayo. Eso sí, ella triunfó en el Liceo el viernes pasado, bises, público en pie y calor de pecho ajeno entre los aires rancios de ese teatro de provincias. Sin embargo, lo siento, pequeña, necesitas otro repertorio y un asesor de “savoir faire”, y menos mal que el grupo sonaba bastante bien y compacto.

La gran sorpresa del concierto fueron los músicos, por su cohesión y calidad, y porque allí, entre ellos, estaba el chico de mis sueños. La noche anterior soñé que paseaba con mi amigo JP, tratando de explicarle alguna de estas cuitas que me enredan, pero mi amigo era diferente, nada que ver con la realidad, salvo que ambos eran altos, sin embargo esta nueva imagen de mi amigo solo la aprecié cuando me desperté, en mi sueño mi amigo era así desde siempre. El viernes cuando el grupo sale a escena y se colocan, veo en los teclados a mi amigo en la versión soñada: con la misma preciosa y larga melena trigueña oscura, los mismos ojos negros y pequeños, idénticas manos largas y delgadas, la misma nariz delgada y afilada con una vaga reminiscencia de judío de Castilla. Entre pasmada y embelesada no pude dejar de mirar al hombre soñado que resultó ser de Bilbao. Entre tecla y tecla, canción y nota baja parecía decirme: “Lo siento, guapa, pero lo nuestro se acabó...”

en el café

en el café

George Grosz

"En el lejano sur, la bella España".


George Grosz: Un hombre triste y feroz

Mario Vargas Llosa


festivo

festivo

Es tan temprano y tú ya me despiertas,
no me dejas dormir, algo sucede.
A ojos cerrados busco la ventana
para mirarte a ti mientras los abro.
Te digo que estás bella como nunca,
así, sin arreglarte aún el pelo,
rodamos en un beso cama abajo
y siento que estás viva de milagro.

Comienzo el día, así como si nada,
Apretado a tus pechos, pidiéndote café y amor.
Comienzo el día, aún alucinado,
los ruidos suenan lejos a esta hora turbia.

Afuera la gente hace lo suyo por vivir,
afuera la gente quiere averiguar,
afuera la gente habla del amor,
afuera me están llamando.

Comienzo el día y antes de que me hables,
ya te hecho mil promesas que no voy a cumplir.
Comienzo el día y al mirar hacia fuera
me entra como un mareo y tengo que sentarme.

Afuera la vida apenas comenzó,
afuera todo tiene que cambiar,
afuera los lobos son lobos aún,
afuera hay que salir armado.

.../...

Comienzo el día, aseguro las llaves,
Registro mis bolsillos en busca de monedas.
Comienzo el día y aún detrás de la puerta,
te pido un beso fuerte para salir al sol.

Afuera comentan la televisión,
Afuera el sindicato discute una ley,
afuera la patria está por reventar,
afuera me están llamando
y voy.

Daniel Viglietti. Comienzo el día (Noel Nicola).

variación

En el remanso del aire

bajo la rama del eco.

 

El remanso del agua

bajo fronda de luceros.

 

El remanso de tu boca

bajo espesura de besos.

 

Federico García Lorca: Primeras canciones. 1922  

 

 

 

dry martini

dry martini Lentamente, sin prisa y algo agitada hunde la aceituna en el líquido transparente; levanta los ojos ceniza de la copa, y enrosca un mechón del pelo negro en su dedo índice. Al fondo,  el gran reloj cromado marca las seis y diez; todavía no ha oscurecido. Son los únicos clientes en la barra de Chicote.  La mujer de blanco revuelve de nuevo, ahora en sentido contrario mientras observa como el barman termina de agitar la coctelera y vierte con suculento cuidado el margarita en la copa del hombre azul.  

—Sabes, el dry martini también era la bebida favorita de Buñuel. Incluso tiene su propia receta. Dice que hay que poner en la nevera, de víspera,  todo lo necesario : copas, ginebra, coctelera, vermut, etc. El hielo ha de estar a unos veinte grados bajo cero; todo un experto.   

—¡Ya...!, muy de especialista, los veinte bajo cero —entona con sorna el hombre azul observando a trasluz la estilizada copa de champán.

—¡Ah, deliciosa! —susurra  La mujer de blanco después de morder sin dientes la aceituna—. Primero, sobre el hielo bien duro echa unas gotas de Noilly Prat y media cucharadita de café, de angostura, lo agita bien y tira el líquido conservando  únicamente el hielo que ha quedado, levemente perfumado por los dos ingredientes. Sobre ese hielo vierte la ginebra pura, agita y sirve. Insuperable, lo he probado.
 
—“Diablos, nunca debí cambiar el escocés por los martinis”, —masculla entre dientes el hombre azul mientras la contempla helado y confuso, después de beber el margarita de un trago. La mujer de blanco  huele la copa con fruición tratando de encontrar los restos del Noilly, la angostura o el aroma oculto del hombre azul.