"Con la ayuda del whisky, dormía hasta bien entrada la tarde y luego yacía en la cama, con una botella y un vaso a mano, hasta la hora de vestirse para salir a cenar. La desconfianza que empezaba a sentir hacia el alcohol la desconcertaba un poco, como si fuera un viejo amigo que le hubiera negado un pequeño favor. El whisky aún podía consolarla, pero había momentos súbitos e inexplicables en los que la nube la abandonaba traicioneramente, y la sobrecogía el dolor, la estupefacción y el malestar que experimentan los seres vivos. Jugaba voluptuosamente con la idea de una retirada serena y somnolienta. Nunca le habían turbado las creencias religiosas y no le intimidaba la expectativa de una vida más allá de la muerte. Soñaba despierta en ese futuro en el que no tendría que ponerse unos zapatos que le apretaban, ni reírse, escuchar y admirar, ni ser nunca más una mujer alegre y despreocupada. Nunca más."

Levanto la cabeza del libro de Dorothy Parker y mis ojos embisten envalentonados las paredes amarillo emperador –sí, amarillo emperador a decir del austriaco olvidado- del café Novelty, en tanto que mis piernas se arquean en un lance de verónica, y chasqueo los dedos con fuerza y un aire de volapié en la suerte de matar antes de que mi voz de pitos y bronca le despache al barman:

—¡Felipe, otro whisky con hielo!