Son las 6,38 y el ring-ring-ring del teléfono móvil consigue despertarme de un sueño “a media luz los besos, a media luz los dos..., y todo a media luz, crepúsculo interior”. Suena y suena, y el ring se estampa contra las listas del pijama, casi, casi me zumba en los higadillos antes de pararse. El contestador habrá saltado. ¿Quién será? Sin pestañear y sin curiosidad revuelvo entre las almohadas en busca del sueño a media luz. Ring-ring... otra vez el móvil¿? ¿Habrá pasado algo? Descuelgo y un chorro de ruidos y voces me despierta como de lunes.
—Es van gusdula fen va isfe asdel nisbefam... —El ruido y las voces de fondo apenas me dejan escuchar, pero no entiendo nada.
—¿Diga? ¿Aló? Sí, ¿dígame?
—Feis albel faissa gesdanfe use rafien uvais sulem —Una mujer lejana, entre murmullos de hombres en un bar, habla apresurada y nerviosa, cada vez más nerviosa. Me temo que no esperaba una voz de mujer.
—Mire, lo siento, creo que se ha equivocado. Lo siento, se ha equivocado. —Le digo con calma, intentando que comprenda mis palabras, y que su nervio bastante desbocado no acabe en llantina. Su voz suave, algo seca y pastosa como esos pasteles de miel y hojaldre, suena irritada y confundida.
—Ulem sifed lurdarma sivauel te ludab esband leurba... —Parlotea la mujer desesperada cada vez mas alto.
—Lo siento se ha equivocado, se ha equivocado. —Repito, cansada de su estupor, pesando que nunca me va a comprender y que me voy a perder mi sueño a media luz. Cuelgo el teléfono. Vuelve a sonar. Lo apago.

La mujer desesperada tiene prefijo 78, el sunday morning es frío y soleado, y mi línea adsl vuelve a funcionar.