Una mañana igual a todas, en que las cosas tienen el aspecto de siempre, tal vez algo más fría en este invierno inusualmente cálido, y mientras enciendo mi ordenador, el rumor monótono de la oficina va haciéndose un hueco a mi lado, elige el mejor sitio a mi izquierda, lejos de la puerta de entrada, bien calentito. Y espera. A los once y media, ha crecido dos palmos pero apenas tiene grasa. Una hora más tarde, necesito calzador para entrar en mi cubículo: ha ganado cuatro quintales y unas pocas leguas, ¡qué barbaridad! A pesar de varias llamadas y algún desajuste presupuestario, que casi le cuestan unas arrobas, ha ganado la partida. A las tres en punto, me tira del asiento y salgo corriendo.
¡Ya es viernes!

(gracias a mi admirado Juan José Arreola)