Gabriel restregaba sus manos callosas con saña y mucho jabón tratando de quitarse el yeso incrustado. Era lo malo de ser yesista... Al menos, se había librado del muermo celestial y de su oficio de “corre, ve y dile”. Aunque lo peor eran las alas, no había manera de quitárselas de encima y, por si fuera poco, no valían para nada. Eso sí, aún le quedaban sus rizos y su carita angelical con los que trataría de ligarse a la amiga de la novia de Paco, el solador, “una morenaza” según le había dicho.

—Allí están —pensó al entrar en el bar “Oasis”, mientras se metía las manos en los bolsillos.

—Hola, chaval —le saludó Paco dándole una palmadita en la espalda y guiñándole un ojo—. No tienes remedio, siempre tarde. Ésta es mi novia, Sheila, y ésta es María. ¿A que es guapa?

—Hola, yo soy María —susurró ruborizada la morena mientras alzaba su cara virginal y le tendía la mano. “¡Joder! Qué castigo... Esta vez no va a ser fácil escapar.”, caviló Gabriel al sentir su mano suave y casta.